“NO TE VAYAS CON EL SOLEIL”, por Patricia Mignani

 

PATRICIA MIGNANI. Estudio Periodismo y a menos de un año de titularme sé lo que quiero hacer toda mi vida: contar historias. Luego de más de cinco años de estudiar Relaciones Públicas, sé que el periodismo es mi pasión. Nacida en Argentina y radicada en México, amo mis dos países. El primero, mi tierra, el segundo me hizo quien soy.

 

 

NO TE VAYAS CON EL SOLEIL
A Alberto Valdéz Martínez lo reclutó el Cirque du Soleil cuando tenía 17 años. Su madre no lo dejó ir porque era menor de edad y debía terminar sus estudios. Ésta es la historia de cómo un no puede convivir con el proyecto de vida de un joven que soñó, aunque eso no siempre sea suficiente.


Trabajo final de Patricia Mignani

 

 

Beto tiene más músculos en el cuerpo que ganas de estudiar psicología. Si bien ésta es la profesión que eligió para su vida, su hobbie, como él lo describe, son las telas y la altura. En las acrobacias él encuentra colores que le envuelven el cuerpo y lo sueltan hasta casi tocar el suelo.

Cuando lo conocí Beto contaba a los presentes de la fiesta la historia de cómo quedó pero no pudo ir. Se servía su cuarto vaso de Johnny Walker con Coca Cola y buscaba fuego para un Marlboro azul. Lo que alcanzo a escuchar dentro del ruido que provoca la gente de la fiesta es un certero “ya se me pasó el tren”.

Con su escaso metro 66 de fibra y músculos, muestra posturas de danza clásica revestidas por un pantalón blanco repegado al cuerpo. Una camiseta impresa en su torso deja ver pectorales firmes de los que se queja señalando la “mala condición física” que le deja su vida actual. Mira el vaso de alcohol, el humo de la nicotina y cuenta acerca de todo el cereal y las verduras que comía cuando estaba en forma. Se escabulle entre la gente, baila un rato y vuelve a gritar al grupo del que casi no puede sobresalir por su estatura.

Beto sabe mirar a los ojos, ser claro y manejar su discurso como a las telas a diez metros de altura. Sabe qué decir y cómo esquivar los temas de los que no quiere hablar. Es un acróbata en toda la extensión de la palabra.

El relato del Cirque du Soleil no le gusta. Lo fragmenta, crea baches y cuando quie-ro enlazar los extractos de lo que me cuenta, mira hacia abajo y, por primera vez, mis ojos no se encuentran con los de él. Baja la mirada hacia donde tiene un pie sobre la tierra, al borde de la cantera en donde estamos sentados.

Introvertido no es precisamente la palabra que lo define. Beto se hace notar, por su labia, su caras de “duck face” en fotos , su vestimenta a la moda siempre combinada y su pelo peinado con un perfecto look L´oréal. Destaca por ser un Ken, pero tamaño Playmovil.

Primeras telas

Beto creció sin querer crecer, de golpe y casi obligado. Siempre trabajó para estu-diar. Se puso responsabilidades que no debía a su edad. A los 14 años ya entrena-ba unas cuatro horas por día y hacía performances los fines de semana en bares y discotecas dentro y fuera de la ciudad. “Cuando iba al colegio era uno de los pocos ratos en que podía ver a mis amigos”.

Trabajar en algún circo mexicano, como el “Hermanos Vázquez”, “Atayde herma-nos” o “Fuentes Gasca”, que ocasionalmente paran en Guadalajara, no era una op-ción para él. Se requiere de mayor tiempo de entrenamiento y dedicación para eso; además circos de esa categoría viajan por diferentes países para lo que nuestro acróbata tampoco recibiría el permiso familiar. Beto sólo podía desarrollar sus acro-bacias en presentaciones contratadas por privados.

Un día en que Beto no había querido ir a jugar al fútbol por que “andaba de hueva”, acompañó a un amigo que hacía teatro a tomar unas clases obligadas de acroba-cias en tela. Héctor, profesor de acrobacias en telas y posterior entrenador y guía de vida para Beto, no permite que los asistentes a su clase se queden mirando en una grada sentados a un costado y Beto, claro, no fue la excepción. Con 14 años las telas y esta promesa de acróbata se enamoraron y no quisieron soltarse.

El amor fue largo y, como todos los romances, requirió de sacrificios. Las telas deja-ron marcas de quemaduras en su cuerpo, cicatrices físicas. Entrenamientos exhaustivos de cuatro a seis horas por día, una dieta de verduras y atún durante un mes, no poder salir con amigos y ver fotos de las fiestas a las que no iba eran señal de lo que estaba perdiendo. Con el dinero guardado en un cajón Beto no tenía nada por hacer, no ambicionaba grandes lujos a los 14 años. No tenía responsabilidades de mantener una casa o una familia. Su etapa de salir de fiesta con sus amigos estaba pasando lejos, fuera de sí.

Un no, EL no

¿Se puede vivir con un no?, ¿se puede saber si el golpe es tan definitivo, predesti-nado y absoluto como para no poder levantarse?, ¿se puede decidir sobre lo ya de-cidido y escribir otra historia agregando páginas a las ya contadas?. Se puede, Beto pudo.

Cuando le faltaba un semestre para terminar la preparatoria, llegó el Cirque du So-leil a Guadalajara, México. Como todos los años, el grupo que entrenaba Héctor, iría a ver el circo. La principal razón por la que lo hacían era para ver las nuevas técnicas, aprender y hasta criticar. Pero este año era distinto. Este año Héctor había conseguido una comida con los directivos del circo y una audición paralela para los 17 miembros del grupo.

Entre jugar, bailar y estirarse todos los miembros ofrecieron su mejor show. No hab-ía nervios ni tensión, “hicimos lo que sabíamos hacer”. Unos días más tarde el en-trenador da la noticia al grupo de que el grandioso circo los reclutaba a los 17 y al mismo entrenador. La felicidad fue grupal y compartida. Lo más importante -y lo más difícil tal vez- ya estaba hecho. Habían gustado.

Faltando unas dos semanas para la partida, la adolescencia de Beto que se perfila-ba con un futuro brillante, se secó cuando su mamá dijo no. El devastador no fue peor que no haber visto a sus amigos lo suficiente o no haber vivido lo que debía. Fue peor por que fue tirar a la basura tiempo y esfuerzo de una disciplina que re-quiere todo de la persona que la practica. Fue saber que todo por lo que había esta-do trabajando hasta ese momento era reducido a que su madre quería el título de la preparatoria de Beto.

“Le dije llorando a Héctor que iba a ir, que no sabía cómo, pero que de alguna forma me iba con ellos”. Mientras lo cuenta raspa la tierra y rompe algunos pedazos de pasto de una jardinera, tarda el alzar su cabeza. Silencio. Por primera y única vez la debilidad que muestra se desvanece al cambiar de tema y volver sus ojos con los míos.

Con una nariz perfecta y cara de niño de quince años, Beto siempre tiene una sonrisa dispuesta, aunque cuente cosas dolorosas. Siempre existe un gesto impersonal e indiferente para regalar. “Me pone triste recordar por que, de alguna manera, vuelves a vivir el momento”.

Quedarse

El último tiempo de entrenamiento, antes de que el grupo partiera, él estuvo desco-nectado. “Ellos contaban los días para irse y yo contaba los días para quedarme”.

Del grupo de los 17 sólo tres no fueron. Una joven que estaba por titularse de la ca-rrera de arquitectura, quien ambicionaba grandes logros como profesional y que tenía como hobbie el entrenamiento; una niña de siete años a la que tampoco dejaron ir y Beto.

El hecho de que el circo los reclutara era sólo la primera parte. Luego viajan a Que-bec, Canadá, permanecen cuatro meses allí, en los que reciben entrenamiento, ali-mentación y hospedaje y por último, el circo dictamina si los atletas sirven para la compañía. De no ser así, los reclutados deben encontrar la manera de volverse a sus países de origen.

Si el resultado es bueno y logran ubicar al atleta en alguno de los números del es-pectáculo, el regreso a casa podía extenderse de uno a cinco o diez años. El viaje podía ser muy largo. La mamá de Beto lo sabía.

Côté Chantal, Gerente Corporativo y Relaciones Públicas del Cirque du Soleil, cuenta que de los mil 200 artistas en escena que el Cirque du Soleil tiene en la combinación de todos sus shows, menos de 50 personas son menores de 18 años. A estos menores se les asigna escolarización y un tutor que los cuida. Los menores deben seguir el programa de educación hasta llegar a los 16 años, edad legal en Quebec para la educación obligatoria. Es decir, son muy pocos los menores que forman parte del staff, pero aún así reciben atención y cuidado.

Irse

Luego de esa experiencia Beto terminó su preparatoria y estudió comercio exterior durante un año por que es la profesión de su padre y de esta manera el camino es-taba abierto para él. Pero al cabo de un año supo lo que no quería. En realidad su anhelo estaba en el aire, entre dos telas, pero dedicarse a eso para vivir no sonaba a buen plan, habiendo dejado la posibilidad del Cirque y sin saber si un día se pre-sentaría otra como esa.

Así fue como psicología comenzó a sonar como un buen plan a futuro, un camino firme donde pararse. Trabajar y ganar dinero para pagar una licenciatura suena mucho más atinado que soñar con comer de sus acrobacias, pero, ¿lo era, lo es?

A los 19 la vida de este muchacho se complicó aún más. Con el golpe emocional que significaba una decisión que él no había tomado, su mamá tenía un plan de vida alterno con su novio en donde Beto no tenía cabida. “Me apalabró con mi abuela y me consiguió un trabajo con un tío. Yo no tenía idea de qué iba a hacer, y en ese momento estaba tan enojado que no quería nada que viniera de ella”. Así que le preguntó a su madre en qué día debían entregar la casa y ese mismo día se fue.

Recibió muchas ofertas para quedarse en casas de gente conocida y optó por la de Arturo “Cone”, un amigo de muchos años. La familia de Cone lo recibió mejor que la suya y, aunque equilibrarse emocionalmente fue un reto que duró unos ocho meses en casa de su amigo, lo consiguió y logró comenzar a disfrutar lo que implicaba haber crecido tan de golpe.

Comenzó a trabajar y a estudiar y con la falta de tiempo el entrenamiento fue que-dando como un lujo al que no podía acceder por ahora. Lo que en un momento había sido la vida de Beto hoy se convertía en un obstáculo al que mejor tomar las telas de su vida y volar por encima de él.

Aire y suelo

Ahora trabaja desde hace dos años en las Wing´s Army de la Avenida Chapultepec, en Guadalajara; conocido bar en donde Beto sale a las tres de la mañana impregnado de olor a cerveza, cigarrillos y alitas picantes. De vez en cuando trabaja de día, acomoda los horarios con los de la facultad. Le faltan dos años para titularse.

No haber podido ir a la travesía del Cirque du Soleil le devolvió un poco de felicidad, otro tipo de felicidad; ahora es un ser sociable y tiene una vida fuera de las telas.

De vez en cuando va a comer con Héctor, pero ya de una manera más selectiva. Mira a los alumnos de su ex entrenador y comenta qué están haciendo mal, los critica con él. Es un observador con el brillo en los ojos que ven un reflejo, el reflejo de un pequeño acróbata de 16 colgándose en el aire.

Dice que su plan de vida es no hacer muchos planes. El tatuaje que lleva debajo de su brazo izquierdo reza la frase “time will tell…”, por un libro que leyó cuando estaba en la secundaria. Tal vez esa inscripción sea real y el tiempo le de revancha… tal vez su filosofía de vida en el brazo sea como su historia y… el tiempo dirá.

 

 

©EscuelaPeriodismoPortátil

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2 comentarios

  1. […] EL ÚLTIMO SOLEIL. Por Patricia Mignani […]

  2. aun no se me quita la piel de gallina y tampoco puedo dejar de llorar, @albertovaldez es un integrante de mi familia que llego también en un momento muy dificil para mi; ambos pasábamos por un problema similar y nos refugiamos en casa de Cone (el es mi primo hermano), pero no hay punto de comparación, lo quiero como a mi hermano, de hecho digo que es mi hermano Y estoy totalmente orgullosa de la persona en la que se ha convertido ahora, pues como lo dices, siempre tiene una hermosa sonrisa en su rostro, por muy difícil que sea la situación y eso yo he aprendido de él, felicidades por la nota!!!!

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