“MOIRA ES AHORA MATEO”, por Sebastián Aldasoro

 

SEBASTIÁN ALDASORO (Argentina, 1984). Un profesional, un verdadero maestro periodista, eso es lo que quiere ser. Necesitó de años para llegar a esta revelación, de estudiar antropología y dejarla, de dirigir una empresa minera y fundirse, de escribir mucho y poco, de pasar un mes en el amazonas y de vivir en el Barrio Chino de la ciudad de Buenos Aires. Actualmente, estudia periodismo en TEA.

 

MOIRA ES AHORA MATEO

Cuerpo femenino y mente masculina. Juicio al Estado para cambio de nombre. Discriminación. Tratamiento de Ley de Identidad de Género en Argentina. ¿Hombres o mujeres? Imposibilidad para el cambio de genitales. ¿Enfermedad? La tranquilidad después de la tormenta.

Trabajo final de Sebastián Aldasoro

 

Cuerpo femenino y mente masculina. Juicio al estado para cambio de nombre. Discriminación. Tratamiento de Ley de Identidad de Género en Argentina. ¿Hombres o mujeres? Imposibilidad para el cambio de genitales. ¿Enfermedad? La tranquilidad después de la tormenta.

“Antes, en verdad, nuestra naturaleza no era lo que es hoy, sino muy diferente. Diré, ante todo, que había tres especies de seres humanos, y no dos, como ahora.”
Aristófanes
“Hubo un momento en que tenía 3 nombres, ya ni sabía quién era”, dice Mateo; riéndose en su cuarto del piso de arriba en la casa victoriana venida a menos donde vive, en el barrio de Nuñez, Buenos Aires. Le falta poco para empezar las vacaciones de la facultad y está contento porque se va de viaje a la casa de sus padres en La Paz, Bolivia; sonríe sin parar. Si todo sigue bien, el año que viene se recibe y puede empezar con los ahorros para la última operación.
Hace poco que vive en esta casa, que es de la abuela de una compañera de facultad, y se siente mucho más cómodo que en la pensión de Barracas donde vivía en el 2008, a dos cuadras de la cancha de Boca, cuando recién se había mudado a Argentina. Después de pasar unos meses en la pensión, se mudó al departamento que un amigo boliviano tenía en Palermo. “Él sabía de lo mío y, supuestamente, no tenía ningún problema”, dice Mateo. A fines del 2008 se operó las incipientes mamas que tenía por segunda vez y quedó en reposo con mucho dolor en el pecho, casi sin poder moverse. Mientras se recuperaba, su amigo le dijo que se tenía que ir del departamento porque al año siguiente su hermana iba a mudarse con él, y a sus padres no les convencía que la chica viviera con Mateo. Su madre estaba acompañándolo, así que se fueron a una pensión donde terminó de cicatrizar las heridas del pecho. “No sé bien porqué me echó, supongo que tenía miedo de que a la hermana le pase algo por vivir conmigo, nunca más lo vi”, dice Mateo.
La identidad de género Trans, que reúne a aquéllas personas que se sienten identificadas con el sexo opuesto al que les fue asignado biológicamente, aún hoy figura en el Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales de EE.UU (DSM, por sus siglas en inglés) y en el CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades) de la Organización Mundial de la Salud (OMS). En Sudamérica, el único país que sancionó la Ley de Identidad de Género ansiada por la comunidad Trans, es Uruguay. Esta ley establece que cualquiera puede cambiarse el nombre por uno del sexo biológico contrario, con solo realizar un trámite administrativo. En el resto de los países sudamericanos, la ley es categórica: para poder cambiarse el nombre se debe realizar un juicio al estado y, posteriormente, acreditar distintos análisis psiquiátricos que garanticen que el querellante tiene una identidad de género distinta al sexo biológico con el que nació, además de atravesar pruebas de revisión de genitales por parte de médicos especialistas.
Mateo prende un cigarrillo Viceroy azul, exhala el humo en el cuarto y dice “mi padre siempre me decía que lo mío no se solucionaba con tocarme el cuerpo, sino arreglándome la cabeza”. Da otra bocanada y esboza una sonrisa. Una bandera boliviana tapa un pequeño cuadro de Diego Rivera en una de las paredes; la biblioteca antigua de madera, al pie de la cama, tiene anchos tomos de medicina mezclados con best-sellers latinoamericanos de principios del siglo XXI, las persianas están bajas y una enorme mancha de humedad cubre una de las esquinas del techo. “Ahora me siento vivo, pero durante mucho tiempo me sentí muerto”, dice Mateo mientras se sirve un vaso de Coca Light. Tiene el pelo muy corto y negro, la piel morena y nunca se saca los anteojos de marco fino que usa. La incipiente barba de su pera viene cobrando espesura gracias a las hormonas que se inyecta, cada quince días, desde el 2008, cuando tenía veinte años.
Está contento, después de la primera operación para sacarse las mamas en Bolivia, se cortó el pelo y decidió mudarse a Buenos Aires para estudiar Psicología y empezar de cero, borró las fotos que tenía con pelo largo en Facebook y cambió su nombre público de Moira Rodrigo a Mateo Rodrigo. Sin embargo, tuvo que esperar dos años, juicio mediante, para cambiar su nombre legalmente en Bolivia.
El 18 de agosto pasado, comenzó el tratamiento del proyecto de Ley de Identidad de Género y de Atención Integral de la Salud para personas Trans, en la Cámara de Diputados del Congreso argentino. Se presentaron cuatro proyectos distintos, impulsados en conjunto por la Asociación de travestis, transexuales, transgénero de Argentina (ATTTA), la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Travestis (FALGBT) y diputados de distintos partidos. Si bien este es el primer paso para sancionar la ley, el apoyo en la Cámara de Diputados fue unánime. “El proyecto de identidad es casi un hecho”, dijo la secretaria de la FALGBT, Claudia Pía Baudracco, “ya existen muchos fallos a favor del cambio de nombre y nadie se opuso. El proyecto de salud va a llevar más tiempo porque está ligado a presupuesto, pero vamos introduciendo el tema desde ahora”.
Las quemaduras de cigarrillo que Mateo tiene en el brazo se notan apenas, como un recuerdo de aquéllas tardes en La Paz, cuando falsificaba notas de sus padres para poder ir con ropa deportiva al colegio y así evitar el uniforme con pollera. El baño siempre era una complicación. “Yo siempre entraba al baño de hombres, pero los profesores me decían que tenía que ir al de mujeres, nunca estaba seguro de a cuál entrar”, dice Mateo. Sonríe todo el tiempo, tiene una leve hendidura hacia arriba en las paletas, como si estuviesen limadas y no deja de repetir que se considera una persona con mucha suerte. Desde que tomó la decisión de cambiar su identidad de una vez por todas, las cosas empezaron a mejorar.
Actualmente, en Argentina, un gran número de jueces suelen declararse incompetentes cuando se le presentan demandas por cambio de identidad de género, demorando el proceso judicial que, en el mejor de los casos, tarda alrededor de dos años. Sin embargo, en muchos casos, el cambio de nombre no completa la identidad de género de una persona, sino que también necesita pasar por el quirófano para modificar su cuerpo y en algunos casos reasignar sus genitales. Desde la ley 17.132 sancionada por el gobierno de facto de Onganía, en 1967, éste tipo de operación es ilegal en Argentina, salvo previa autorización judicial e indicación terapéutica. En la práctica, sin embargo, poc@s pueden acceder a este tipo de operación por los altos costos que implica (alrededor de 70 mil dólares) y la casi inexistente oferta de expertos en la región.
“Muchos de mis amigos ya se habían dado cuenta de que me pasaba algo, así que cuando aparecí con el pelo corto, nadie me preguntó, todos me decían que ya sabían”, dice Mateo. Trata de no pensar en la operación que le falta para no desesperarse. Ni siquiera sabe cuando va a poder hacérsela, el costo es muy alto y la medicina todavía no está lo suficientemente desarrollada para el cambio de genitales femeninos a masculinos, pero, por lo menos, quiere poder mear de parado algún día. Cuando se le pregunta por las mujeres dice, siempre manteniendo esa enorme sonrisa, que le da un poco de miedo acercarse, porque en algún momento va a tener que explicar lo que él es y no le gustaría que la otra persona se sienta mal cuando se entere.
La socióloga argentina experta en identidad de género, Leticia Sabsay, sostuvo recientemente en una entrevista en el diario Página 12, donde analizó el caso de Flor de la V, que “las identidades no existen como tales con anterioridad a su propia articulación política, por ejemplo en los años 80, no había, por lo menos en Sudamérica, transgéneros, y no porque no existieran personas que pudieran identificarse con esta posición, sino simplemente porque esta posición no estaba disponible en el discurso social”.
¿Es hombre? ¿Es mujer? ¿Es una enfermedad? La terminología usada y su alcance conceptual para definir a personas que no se clasifican dentro de las identidades tradicionales de masculino y femenino, son todavía hoy discutidas. Incluso dentro de la comunidad Trans se encuentran diferencias. Distintas agrupaciones LGBT han acordado denominar dentro de la categoría trans a aquéllas personas que se sienten identificadas con el sexo opuesto al que les fue asignado biológicamente; a las personas con características intersex (cuerpo sexuado que no encuadra dentro de los estándares sexuales masculinos ni femeninos); y a l@s travestis, que a pesar de utilizar hormonas y feminizar o masculinizar su cuerpo mediante cirugías, mantienen su genitalidad biológica. Por otro lado, la Asociación internacional de disforia de género de Harry Benjamin, sostiene que ése síndrome es el único transexualismo genuino. Su fundamento es que las personas con este síndrome tienen un sexo neurológico asignado durante la gestación del embarazo (previo a la socialización) opuesto a su sexo biológico, y que sienten un rechazo tan profundo respecto a sus genitales que, de no operarse, pueden tener serios problemas para llevar adelante su vida e, incluso, llegar al suicidio. Al respecto, Claudia Pía Baudracco, dijo que “los que sostienen el concepto del síndrome de Harry Benjamin siguen pensando que el transexualismo es un problema en la mente, cuando en realidad, la construcción personal de género la hace uno, tomando en cuenta las fuerzas sociales, etc. Yo tengo mis genitales masculinos por ejemplo, pero mi identidad es travesti”.
En las tres semanas que Mateo estuvo en Bolivia durante las vacaciones de invierno de agosto, aprovechó para estar con su familia y festejó su cumpleaños 24 en una quinta del barrio del sur de La Paz, Calacoto, donde vive principalmente la clase media y media alta de la ciudad. Treinta amig@s se juntaron a comer un asado que duró desde las tres de la tarde hasta las diez de la noche. Después salieron a bailar. En la pista empezó a hablar con Andrea, una amiga de un amigo y, sin ni siquiera darse cuenta como había pasado, de repente ahí estaba, apretujado y comiéndole la boca, con la adrenalina estallándole el cuerpo. Cuando se hizo tarde la llevó hasta su casa, se despidió con otro beso y volvió rozagante a la casa de su familia en Calacoto. “Es la tercera chica con la que estoy, dice, pero la primera fue una historia larga y rara en Bolivia y la segunda era una loca que le daba todo lo mismo. Mi amigo me contó que Andrea sabía de lo mío porque él le había dicho, así que voy a tratar de hablar de nuevo, pero es difícil porque yo estoy acá en Argentina”.
Mientras las organizaciones LGBT siguen realizando movilizaciones a nivel global para despatologizar la identidad Trans y eliminarla de la lista de enfermedades mentales del DSM y del CIE, muchas personas viven con ésta problemática sin mas herramientas que el esfuerzo constante para lograr el apoyo estatal mediante sanciones favorables. De todas maneras, algunos avances como la recientemente promulgada Ley Nacional de Salud Mental 26.657, que prohíbe diagnosticar dentro de la salud mental ningún tipo de dolencia basada en la elección o identidad sexual, demuestran un avance en la inclusión de la identidad Trans dentro del aparato estatal argentino.
Mateo está con pantalones cortos, medias y ojotas, tiene los anteojos puestos y muestra fotos con pelo largo en su computadora. No se reconoce a sí mismo cuando se ve con pelo largo, aunque esa es la única diferencia aparente: la cara y el cuerpo de las fotos son casi iguales a como está ahora. Solo le falta un año para terminar la facultad y, después, la especialización. Siempre tuvo mucha suerte, vuelve a decir y agrega: “nunca tuve voz ni cuerpo muy femeninos y como mi apellido es Rodrigo, cuando aparecía mi nombre en alguna lista de exámenes, nadie le prestaba atención al Moira. Ya después cuando lo cambié, tampoco nadie preguntó”. Tiene una sonrisa a prueba de balas. Está feliz. El lugar donde está hoy, después de todo lo que atravesó, lo hace estar agradecido enormemente. En algún momento va a poder operarse y sentirse completo, aunque no es momento para desesperarse, dice, “ya viví desesperado durante la mayor parte de mi vida”. Todavía no está seguro si va a volver a Bolivia cuando termine de estudiar Psicología o si se va a quedar en Argentina. “Las especializaciones en sexualidad son mejores acá y yo quiero estudiar eso; después de todo lo que pasé, me gustaría poder ayudar a las personas que son como yo”.

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