“OSOS, LOS MEROS MACHOS DE COLOMBIA”, por Natalia Noguera

 

NATALIA NOGUERA (Colombia). Comunicadora social de la Universidad Javeriana de Bogotá, con 24 años y periodista de un suplemento del diario El Tiempo, de Colombia. Luego de estudiar música, derecho e idiomas, se quedó con las letras. Ahora, lee y escribe a diario y espera seguir haciéndolo por un tiempo. Sin certezas futuras.

 


 

OSOS, LOS MEROS MACHOS DE COLOMBIA. 

Los osos son un grupo de hombres homosexuales que rompen los estereotipos mediáticos de gays afeminados: son gordos, peludos y mayores. En Colombia, los precursores son ColombiaBear, una asociación de dos hombres que se organizaron para crear eventos y fiestas solo para osos, en un país en el que la belleza es el bien más preciado para triunfar. Crónica de un movimiento gay colombiano muy masculino.


Trabajo final de Natalia Noguera

 

 

Esa noche, el cuero era ley. ColombiaBear lo había escogido como temática de la fiesta y, al ritmo de ‘Londres’, una salsa potente de Nelson y sus estrellas, las parejas bailaban en la pista, agitadas por la rapidez del compás tropical. Algunos hombres movían de lado a lado sombreros tipo Judas Priest, juntaban su cuerpo con otro, halaban el arnés que hacía las veces de camisa o tocaban las nalgas de su pareja por encima del cuero envolvente. La lujuria y la sensualidad reinaban en el bar. Además, cada canción, cada trago de ron, de vodka o de cerveza eran la antesala del concurso; a media noche se escogería el oso más atractivo del lugar, alguien con un cuerpo relleno, con más pelo y, probablemente, no sería el más joven.

12 a.m.: El comité escogió a dos hombres. El público tenía la responsabilidad de premiar al más sexy, con aplausos y chiflidos. Si existiera tal cosa como un ‘aplausómetro’, este habría estallado cuando el anfitrión presentó a un enmascarado, que bien podría haberse inspirado en un verdugo para su disfraz. Se trataba de un hombre que podría tener 50 años, una barriga predominante y pelos en varias partes de su cuerpo; “una delicia de hombre”, como días después Norberto –35 años, comprometido hace cuatro con un hombre de 60 y uno de los creadores del movimiento homosexual de los osos en Colombia–, exclamaría.

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Norberto mide 1 metro con 85 centímetros, tiene un cuerpo macizo y espalda ancha, ojos oscuros, una espesa y abundante barba y su apartamento –piso en madera, paredes blancas, cuadros con arte abstracto y muebles de cuero en la sala– huele a canela. Ofrece bocadillos y pone música suave, mientras cuenta que nació en Bucaramanga (Colombia) y que a sus 23 años, su madre descubrió unas fotografías suyas con un exnovio, donde aparecían acostados en la cama y dándose un beso. Sorprendida, le retiró la palabra durante seis meses, pero su padre y hermanos estuvieron con él desde el principio. “Ahora somos amiguitos”, dice sobre ella sin agregar nada más y pasa un bocado de queso.

Norberto vivió durante dos años en España y, mientras hacía una maestría en administración de negocios, conoció a los osos, una cultura homosexual que nació hace más de 20 años en San Franciso (Estados Unidos), como una forma de oponerse al estereotipo gay de hombres con cuerpos esculturales y lampiños. Los osos son, por lo general, hombres robustos, gordos, mayores y peludos con actitud masculina, no les gusta “botar pluma” o “mariquiar” y buscan relaciones estables.

A modo de inciso: antes de ColombiaBear, existió ‘colombiana de osos’, un bar mejor conocido como Colosos y reconocido por ser el primero en Bogotá dedicado a este grupo (6 años desde su apertura). Jaime y Ricardo, una pareja que nada tiene que ver con Norberto y Andrés, lo montaron en Chapinero, el sector gay bogotano por excelencia, en un lugar discreto, al fondo de un pasillo comercial. Desde el principio, sus dueños dejaron muy claro que se reservan el derecho de admisión. Con esto, se refieren específicamente a mujeres, hombres afeminados y muy jóvenes. “Queremos que la comunidad crezca, pero no que todo el mundo nos conozca, es que perdemos nuestra intimidad”, me dice Jaime, un hombre canoso, gordo, que tiene un garra de oso tatuada en su brazo izquierdo. No da muchos detalles y durante la entrevista tiene una hoja impresa, donde tiene escrita la información que me replica. Jaime defiende su movimiento y por eso, es cuidadoso cuando explica las razones de la reserva con mujeres y gays afeminados y jóvenes.

– Mire, nosotros no discriminamos a nadie y queremos que la cultura de los osos se conozca, pero también, por el tipo de clientes que tenemos, no podemos ir divulgándolo todo. Acá vienen hombres casados, políticos, actores… Y nosotros les damos un espacio que es solo para ellos, donde puedan estar tranquilos. Aquí nos protegemos mucho.

Pero ColombiaBear no sigue estas mismas reglas.

“Nosotros quisimos crear una comunidad más cálida”, cuenta Andrés, de 30 años y publicista, amigo de Norberto y parte del comité de Colombiabear. Él se encarga de crear las ideas para los eventos que el grupo hace y esa misma noche, en el apartamento de Norberto, presenta en diapositivas los carteles que ha creado para las fiestas y reuniones. Uno es ‘HallowBear’, un montaje de un hombre oso como si fuera Jonhy Deep en Alicia en el país de las maravillas, de Tim Burton. Esa fiesta era de sombreros. Otro se llama ‘Bear B. Q.’ y se trató de un asado que programaron con algunos amigos de su perfil en Facebook. Pero la mejor foto es la de la fiesta ‘Jean day Ibiza’: un trasero que, gracias a que el pantalón está caído, deja ver la línea de atrás de un hombre peludo en todo su esplendor.

La historia de ColombiaBear empezó hace 4 años y fue Internet el medio que unió a Andrés y Norberto. Andrés decidió montar una página web y Norberto la encontró, luego, le propuso que hicieran un evento: proyectar ‘Chubby’ una película cine bear. “Queríamos que la gente pudiera estar tranquila con su pareja, que pudieran entrar y salir de la mano sin que nadie les dijera nada”, recuerda Andrés.

Se prepararon para un fracaso. Pero resultó que unas 60 personas asistieron y desde ahí, ColombiaBear programó sus encuentros, que no solo son fiestas, sino paseos a pueblos cerca de Bogotá, charlas sobre la vida en pareja y proyecciones de películas.

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El funcionario leyó con recelo el mensaje que debía publicar en los clasificados: “se buscan hombres barrigones, con barbas o bigotes, para trabajar en restaurante”. Pero una vez las palabras salieron en el diario, Norberto y Andrés no tuvieron que esperar mucho tiempo para atender las primeras llamadas y concertar citas. Hombres de todas las edades desfilaron por la sala del apartamento de Andrés. Heterosexuales que buscaban trabajo con desespero. Aspirantes demasiado jóvenes, lampiños, flacos, amanerados, en definitiva, muy bonitos. La fealdad en su justa proporción es un bien escaso. El ambiente se compuso cuando a la sala entró Jaime, un hombre cuarenta años y con una “barriga muy rica”, como la calificaría Andrés. Norberto le pidió que se quitara la camisa. Resultó ser un papá oso. Con la mandíbula quebrada, le gritó a Andrés: ¡Marica, nos enguacamos!

La razón de la enguacada fue más evidente luego, cuando le pidieron a Juan que moviera la carne, que se meneara hasta el piso, que se quitara la camisa y diera una vuelta. A pesar de que “se movía más una mesa coja”, como aseguró Andrés, quedó contratado. La tarea era ir al próximo encuentro de osos en una cancha de tejo y repartir los tragos entre los asistentes. Aquel hombre no llegó, pero la fiesta se armó y fue exitosa (asistieron unas 300 personas), a pesar de que fue la primera vez que ColombiaBear tuvo un encuentro cercano con la policía.

 Estábamos en la fiesta de la cancha de tejo. Entró ebrio un tipo que es senador o representante a la cámara y creyó que podía joder a todo el mundo, tocando a todos. A un amigo le tocó el culo y él no se aguantó y le pegó. Nosotros reaccionamos, sacamos al senador y el escolta lo metió en el carro. Al rato llegó la policía. Yo salí sin camisa, hacía calor. Le dije: “buenas”, él me preguntó, “¿usted es el encargado o el administrador?”. Le dije que sí, que los dos, y como se me quedó mirando de manera sospechosa, me tapé las tetillas con las manos, mientras escuchaba a un grupo de osos gritando: “¡llegó la sorpresa de la noche!”. El policía me dijo que habían reportado una pelea. Yo le dije que no, le expliqué que era un club y que un tipo había querido pasar borracho. Y el policía se fue – cuenta Norberto.

Desde el 2008 hasta ahora, ColombiaBear ha logrado captar un número nada despreciable de clientes, con el postulado de camaradería y solidaridad. A diferencia de Colosos, en sus eventos han participado gays afeminados y hasta travestis, aunque después de un rato hayan encontrado la fiesta aburrida y se hayan salido. “Creemos que hay un filtro natural, si viene un travesti o un transformista, no va a encontrar su lugar, como ha pasado, porque en nuestras fiestas el más popular y el más exitoso, es el oso más macho”, cuenta Andrés.

Pero eso sí, nunca han dejado que las mujeres participen. Y tienen una razón: “Es más factible que una mujer entre a los eventos por curiosidad que un hombre y el problema es que hay condiciones de clientes, como ser casados. Si una mujer entra, puede resultar que conoce a X y puede ir a decirlo en la oficina, y un secreto, un lugar íntimo, se convierte en comidilla de otras personas”, dice Norberto. Los osos no son activistas, no pelean por sus derechos ciudadanos y, más bien, muchos permanecen en el anonimato. Celebran otra forma de belleza y a partir de ahí, de un encuentro casi contracultural, crean un mundo propio. A punta de garras de osos.

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– Antes de que saliera la constitución política de 1991, era delito ser gay en Colombia –, dice Norberto, mientras clava sus ojos en el cuadro que tiene una bandera de franjas horizontales, en tonos café, con la huella negra de una garra de oso. Es la bandera oficial del movimiento.
– Pero no se tiene noticia de que hayan condenado a alguien. ¿O si?
– No, eso nunca pasó. Pero la historia gay del país cuenta que en un bar que existía en el centro, se reunían hombres gays con mujeres, en caso de que, si llegaba la policía, los vieran bailando. Y a eso, súmale que los gays han sido conocidos como los peluqueros, los mariquitas más afeminados que una mujer –, dice Norberto.
– Ajá, como si a todos les gustara eso o como si todos los hombres perdieran su virilidad solo porque se acuestan y se enamoran de otros hombres. La gente heterosexual no alcanza a imaginar la carga que significa ser gay –, sentencia Andrés y sigue – a nosotros nos interesa compartir, tener un lugar. Ser gay es difícil para algunos, nos sentimos solos y, a veces, rechazados porque no somos modelos de revista (como cuando me sacaron de un bar por quitarme la camisa). Pero tampoco queremos serlo y no nos gustan esos modelos. Nos gustan los hombres de verdad, los mayores, los osos.

Sin lugar a duda, ellos están orgullosos de lo que han logrado, del poder de convocatoria que tienen, pero sobre todo, se sienten acompañados. Pueden dar cátedra de amistad, de sexo, de cubrir la espalda de otro. Crecen poco a poco y la máxima que esperan perpetuar por mucho tiempo es: “Abrir espacios para la gente que gusta de los mayores pueda estar sin que nadie juzgue si eres bonito o feo. Nunca le hemos cerrado la puerta a nadie y no obligamos a que sean gordos, altos, peludos o mayores. Lo que pedimos a cambio, es amistad. Y lealtad”, termina Andrés.

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Una respuesta

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