EL VOCEADOR CIEGO. Por Anna Lozano

ANNA LOZANO (México). Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Licenciada en Periodismo por la universidad de La Trobe, Australia. Colabora como reportera free lance para la revista Proceso en la sección Jalisco, así como para proyectos web. Es originara de Guadalajara, Jalisco y ama el yoga y las tortas ahogadas tanto como una buena historia.

 

 

 

EL VOCEADOR CIEGO

Carecer de la vista en una ciudad con prisa no es impedimento para Luis, un voceador invidente que arriesga su vida diariamente toreando a los carros con tal de hacer su trabajo: vender el periódico.

Trabajo final por Anna Lozano

A sus diez años Luis Ochoa perdió la vista de un golpe. Literal, fue un golpe de su madrastra el que lo dejó ciego, y el momento decisivo para comenzar a vivir.
Hoy viste de gala. Sus zapatos negros están recién lustrados, como si pretendiese ir a bailar. Porta un pantalón azul marino que hace juego con su corbata garigoleada, ajustada a su camisa blanca de cuello bajo su chamarra obscura de poliéster. Su cabello de melena corta, luce perfectamente recortado.
A sus treinta y seis años, Luis no usa lentes de sol. Luce sonriente y camina con firmeza. Conoce el rumbo. Sabe que el asfalto es diferente cada cincuenta metros. Tiene medida la profundidad y circunferencia promedio de cada bache. Acierta cada vez que el semáforo se pone el rojo y sabe que estos se descomponen durante el temporal de lluvias. Entiende que en el centro de la ciudad las rampas no se respetan y que en teoría, el peatón tiene la preferencia, pero en la práctica su manera de esquivares lo que aún lo mantiene en pie.
Es un diestro voceador. Tan diestro que durante más de catorce años ha logrado asombrar a propios y extraños que lo han visto torear, a ciegas,cualquier vehículo motorizado con tal de llevar el periódico Informador a las manos del lector.
En las mañanas, su uniforme fosforescente lo destaca del resto de aquellos que venden palabras al aire en el cruce de Ávila Camacho. Su trabajo consiste en desplazarse de un lado a otro, alzando con su mano izquierda un par de rotativos mientras canta la nota del día, esa que aparece en primera plana. Su otra mano se encarga de sujetar el clásico bastón blanco tradicional para los demás invidentes, que él ha pintado de rojo.
Es el catorceavo que compra, y sabe que no será el último, pues aunque en estos tiempos modernos los hagan de acero inoxidable, nada es demasiado resistente para aquel que vive siempre a oscuras y tropieza de vez en cuando.
Este sábado, su bastón se encuentra guardado en su bolso. Su mano lo ha remplazado por una Coca-Cola que sostiene con empeño mientras aguarda sentado a que la grabadora de voz encienda. Sus pasos cortos nos han llevado hasta el área de comida rápida dentro de Plaza Patria, un pequeño centro comercial.
En el interior de la plaza, adultos y niños fruncen el ceño y cruzan miradas conforme miran a su alrededor. Y Luis, gira su cabeza pintada por unas cuantas canas, deun lado a otro como si tratase de leer el sonido. Acierta.
– No te preocupes, estoy acostumbrado a las miradas incómodas. Pero si cierras los ojos al igual que yo, entenderás que no me afecta.
El ruido externo se convierte en silencio. El sonido de las charolas, los murmullos y el rechinar de las sillas de madera quedan acallados por el instante. Luis permanece sentado, con su espalda perfectamente recta y ajustada a la silla. Parece un muñeco de madera. Sin dejar de sonreír suelta la Coca Cola, junta las manos y entrelaza los dedos, está listo para cualquier pregunta.
Y es que sabe que en los últimos cinco años se ha convertido en nota. Diversos medios sensacionalistas lo han buscado para vender su historia.Sin embargo sólo él sabe cuánto duele echar a volar la memoria lo hace revivir las heridas. Uno lo percibe en sus apagados párpados que disfraza con una sonrisa torcida.
Quizá Luis ha contado más de un centenar de veces la causa de su ceguera. Pero con el tiempo, dice, ha sabido perdonar la mano de aquella mujer; esa que jamás fue su madre, sino tan sólo su madrastra. No culpa más la indiferencia de su padre, ni la burla de sus once hermanos. Ha aprendido a vivir con la soledad, su compañera, a la que conoce bien y con la única con la que le basta.
Dobla y desdobla el popote de su refresco mientras habla del DIF, de su paso por el Hospicio Cabañas, de sus aventuras por la secundaria y la dificultad de someterse siempre a exámenes orales durante la preparatoria. Habla del azul, rojo y amarillo, colores con los que está familiarizado pero hace mucho tiempo se convirtieron tan sólo en percepciones.
-Puede sonar como que la tragedia me persigue, pero he aprendido a sacarle jugo y a darme cuenta que ésta es ahora quien me da de comer. Mi trabajo irónicamente consiste en convencer que se compren historias trágicas y entre mejor sea el chisme mejores son las ventas, por lo tanto mejor será mi comisión ¡y mis comidas!
Y ríe un poco, burlándose de su afortunada desgracia.
A las seis de la tarde, Luis recuerda el día en que los periódicos le faltaron. Narra que vendió doscientos en menos de siete horas. Fue un día después de las explosiones del 22 de abril de 1992, cuando la ciudad se paralizó luego del estallido en el barrio de Analco que dejó las calles del Sector Reforma devastadas y a víctimas mortales dispersadas.
Y es que su trabajo le apasiona. Se nota en su tono de voz que se enciende cuando explica que su primer periódico, El Sol de Guadalajara, lo vendió cuando él tenía quince años, época en la que aún existían los viejos pesos.
Confiesa que no sabe reconocer la denominación de los nuevos billetes plastificados, pero las monedas, esas las reconoce de inmediato. Para demostrarlo, saca de su apretada cartera negra tres monedas de un peso, dos y cinco. Me muestra los diferentes bordes de cada una y compara su tamaño. Si cierro los ojos me parece que no hay diferencia alguna entre una textura y otra, pero él las diferencía por el grabado.
El fío ha comenzado a acariciar. El voceador de bastón rojo lo ignora y se quita discreto su chamarra gris entre dejando ver un poco más el color de su piel tostada.No le molesta que el solse haya robado su blancura a cambio de un par de pesos. Tampoco le importa que el sonido de los claxon lo ensordezcan poco a poco. Se siente afortunado porque jamás ha estado bajo las llantas de un camión.
Y es que se podría pensar que torear carros no es parte del trabajo, pero el que no arriesga no gana, dice aquel moreno que agudiza el contorno de sus ojos cuandoríe.
-¡Hasta eso tengo suerte de que nunca me hayan atropellado! ¡Es más común que a ustedes los videntes los atropellen porque no se fijan, y eso que ven! Yo sólo puedo oler el miedo pero, ¿ni modo de no trabajar?
Trabaja todos los días de lunes a domingo, de seis de la mañana a dos y media de la tarde. Pero sus tiempos libres los dedica a sentarse sobre el borde de sucama, y escuchar películas viejas, de esas a blanco y negro. Se imagina extravagantes a Cantinflas, María Félix y Jorge negrete.No le gustan las películas del Santo ni la música de banda. Prefiere a Queen, Boney M y Pink Floyd.
Pero hay algo que le gusta mucho más que las películas del cine mexicano y la música de los 80´s. Su nombre es Fabiola, su última novia. Luis levanta las cejas y se muerde ligeramente el labio inferior pretendiendo no evidenciar una sonrisa cuando pronuncia su nombre. Dibujaun resplandor en su rostro cada que habla del olor entre jazmín y lavanda que desprendíael cabello chino de aquella mujer que se escuchaba bajita, como de un metro con cincuenta. Él quería que fuera su esposa para escuchar juntos los grillos en la noche y los pájaros por la mañana. Pero ella salió embarazada de otro hombre, se casó y él jamás la pudo volver a oler.
El ruido de las cortinas metálicas le indica que los vendedores han comenzado a cerrar sus locales.Las voces de los compradores se alejan. Y él se levanta despacio de su asiento colocando su chamarra sobre su espalda en tanto pregunta la hora. El camión que lo llevará de regreso a casa parte en veinte minutos. Luis toma al lazarillo por el hombro, camina y contempla el aroma de la obscuridad.
Son las ocho treinta y cinco. Su camión se acerca. Lo reconoce desde lejos. Es un camión de la ruta 22 veintidós, que a diferencia de muchos otros autobuses, lleva el motor en la parte trasera y además se mezcla con aquel inconfundible ruido de la destartalada llanta delantera.
Luis sube despacio y voltea sonriente. Mueve su mano izquierda de un lado a otro, y desde el segundo escalón de su transporte se despide y grita con entusiasmo un “Nos vemos”.

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