LA ESTACION DE METRO MÁS GRANDE DE BRASIL. Por Marcos Fidalgo

MARCOS FIDALGO (BRASIL) Es periodista posgraduado en Periodismo Literario. Trabaja en una asesoría de comunicación en São Paulo, además de escribir regularmente para revistas y portales de Brasil, y para La Voz de Galicia de España. Sus textos están reunidos en el blog www.marcosfidalgo.com.br

ESTACIÓN SÉ: CAOS Y ACORDES DEL METRO DE SAO PAULO.

El cronista pasea en un fin de tarde por la más caótica estación de metro de Brasil, escucha historias de pasajeros y empleados, además del sonido desafinado de un piano público.

Por Marcos Fidalgo

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Él arma su bastón y se yergue. Por instinto cree que la próxima parada es la Sé. Todavía no lo puede comprobar, ya que la voz del maquinista anunciando las estaciones es inaudible en aquel viejo vagón. En los trenes nuevos que de a poco sustituyen los antiguos, la voz es grabada por una mujer, siempre simpática a cualquier hora del día. El tren para y las puertas de la banda izquierda se abren, comprobando que es la Sé, la estación central del metro de São Paulo, la más transitada de Brasil.
Él pone su mano en la espalda de otro pasajero que también bajará. Está sudada. Todos se tocan y se empujan. Todos sudados. A veces se ofenden y pelean. En los horarios pico los cuerpos hacen chispas.
Primero abren las puertas del lado izquierdo para el desembarque, y un rato después las otras para el embarque. Muchos salen de aquel tren que sigue la ruta Norte-Sur, para tomar el que va en dirección Oeste-Este. Son cinco y treinta de la tarde y la mayoría está volviendo a su casa.
Baja sin mayores problemas, y sigue en línea recta, en dirección a la máquina que llama a los funcionarios del metro. La encuentra y aprieta su botón central, pero nadie le contesta. En la estación donde subió avisó que bajaría allí. Pero encontrar a alguien del metro a su espera en la Sé es poco probable. Hay que aguardar. Y es lo que hace, recostado en una columna. Tiene piel clara y ojos castaños ciegos, el mismo color de su cabello corto. Viene a oír algunas de las ochocientas personas que pasan diariamente por aquella ciudad subterránea, de cuarenta mil metros cuadrados, inaugurada en febrero de 1978.

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Para sumergir la Sé a 27 metros de profundidad, fueran retirados 382 mil metros cúbicos de tierra, el correspondiente a diez mil camiones llenos. La obra consumió 10 mil toneladas de acero, y 90 mil metros cúbicos de cemento, 10% más que el utilizado en la construcción del Maracanã.
– La obra también requirió la primera implosión brasileña de la historia. Tres edificios y un palacete se vinieron abajo.
– Al final, los paulistanos ganaron no solo la estación Sé, sino una nueva Praça da Sé, el marco Zero de la ciudad, donde se ubica la catedral del mismo nombre. La plaza fue revitalizada y ampliada, y tiene hoy 18 mil m² de áreas verdes.
– Hola, ¿vamos?
– -¿Es del metro?
– – Sí.
– – ¿La máquina no funciona?
– – No, se quebró.
– – ¿Adónde vas?
– – Por favor, déjeme cerca de los molinetes.
– Son treinta y cuatro molinetes en total, que registran un promedio de 170 embarques por minuto, entre las 17 y 18h. Para llegar hasta ellos, hay que subir dos de las treinta y seis escaleras mecánicas o tomar el ascensor, reservado para personas con deficiencia como él. Pero él prefiere la escalera, para poder hablar más con el hombre que lo conduce.
– – ¿Cómo te llamas?
– – Bruno.
– – ¿Cuántas personas con deficiencia conduces?
– – Unas cinco, seis…
– – ¿Trabaja cuántas horas?
– – Seis. Cuidado con el fin de la escalera.
– Moreno ancho, de media estatura y de brazos fuertes, Bruno es uno de los “Jóvenes ciudadanos”, personas entre dieciséis y dieciocho años, que alternan entre el colegio y la Pasantía en el metro. Son ellos los responsables por guiar los que tienen deficiencias, además de estar atentos al movimiento.

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Oyó en el camino el sonido del piano y se detuvo un instante. Podría haber allí una buena anécdota.
– El instrumento de ochenta y ocho cuerdas está puesto en el primer piso de la estación. Allí también están los molinetes, el departamento de objetos perdidos, además de algunas tiendas. En el segundo piso corre la Línea Roja (Este-Oeste), y en el tercero, la Línea Azul (Norte-sur).
– – ¿Puedes dejarme junto al piano?
– – ¿No vas más a los molinetes?
– – No, quero oír el piano. ¿Y cualquiera puede tocar?
– – Si, es libre.
– El chico lo dejó atrás de un hombre alto, delgado, moreno, casi negro. Tenía el rostro sereno, afeitado y el cabello muy corto. Él repasaba las notas en el piano alemán, color caoba. Desde marzo de este año, algunas estaciones del metro de São Paulo cuentan con uno como aquel. El que quiere tocar puede sentarse en el banquillo, durante el horario de funcionamiento de las estaciones. Casi todas abren a las 4h40, y cierran a la media noche y los sábados, a la 1h.

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– ¿Quieres tocar?
– – No, solo quería hablar contigo, para una crónica que escribiré. ¡Pero primero toque!
– – ¿Qué quieres oír?
– – Hum… Deje me ver… U 2.
– El hombre empezó a ejecutar “With or without you”. Su nombre es Julio, tiene treinta y cuatro años y trabaja en la compañía Emirates. Aquella noche viajaba a Dubái.
– Julio nació en São Paulo y viene a la ciudad cada dos meses. Aprendió a tocar el piano a los diez años. Comenzó tocando música clásica, y ahora le gusta tocar pop. La iniciativa de poner un piano en el metro le encantó. “Nunca he visto eso”. Terminó de tocar y volvió a Dubái, dejando el piano a Fernando.
Bajito y gordo, vistiendo paletó y corbata, Fernando estaba estresado. El empleo en el banco le aburre. Siempre que puede, antes de seguir para su curso de derecho, se sienta en el banquillo. Junto a él estaba Victor, joven de dieciocho años, alto, flaco, de cabello castaño, de sonrisa blanca y dientes adolescentemente torcidos. Él quiere cursar ingeniería, pero trabaja con comercio exterior, en paralelo con el último año del colegio. Los dos se conocieron en el piano de la Sé. Fernando quiere practicar, Victor quiere aprender. “¡Este piano está mal!, se quejó Fernando. Algunas teclas estaban rotas. Igualmente empezó a tocar la música del juego de Mario Bross.
Algunos pararan para oírlo: Un señor miraba el piano, mientras que un joven, para escuchar mejor, fijaba los ojos en el piso. La audición no era fácil. El sonido del piano se perdía en el amplio espacio como un niño desgarrado y se mezclaba en la multitud de sonidos con el del sistema de altoparlante, que vociferaba órdenes a los jóvenes ciudadanos: “Joven ciudadano Bruno, puesto S al Norte. Joven ciudadano Bruno, puesto S al Norte.”

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Del piano es posible mirar parte de la cruz dibujada por las dos líneas. Más allá del ángulo de visión estaba Leandro, que controlaba el embarque en la plataforma sentido Corinthians/Itaquera. Trabajando en la Sé hace un año, el moreno larguirucho, de gafas y corto cabello negro, es uno de los guardias que regulan con una cinta amarilla el paso de cuarenta personas para uno de los espacios cuadrados, una especie de antesala del tren. Cuando el reservado se llena, él prende la cinta al pino de la otra extremidad, para que nadie más intente acceder al vagón. Hay un espacio de esos para cada una de las puertas de embarque. Son intercalados con barras metálicas que van bordeando la plataforma junto a la vía, lo que evita la caída de algún usuario en los carriles energizados de muerte. La estructura está puesta en los dos sentidos de la línea Este-Oeste y en el sentido Jabaquara de la Norte-Sur, los de mayor demanda de pasajeros.
Con más de tres millones de habitantes, la Zona Este es la región más poblada de la ciudad. Embarcar para sus estaciones en el horario pico requiere serenidad en la Sé. Allí no se embarca, se es embarcado. Una caída y serás pisoteado por los otros que también quieren huir de lo cotidiano. Leandro ya presenció desmayos de personas, por no soportar el calor de tantos cuerpos. Ya he visto también un borracho ser golpeado en la cabeza por un tren. Llegó uno. Entre las 17h30 y las 19h30, vienen cada 101 segundos. La intención del metro es bajar este intervalo para 85 segundos, algo que mejoraría el flujo de personas al estadio de Itaquera, local de abertura de la Copa de 2014, y que estará junto a la estación Corinthians/Itaquera. Leandro ordenó que las personas se dirigiesen al pasillo del vagón, y que no bloqueasen el cierre de las puertas. Nadie le hizo caso.

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Fernando tocaba otra música de Mario, la que se oye cuando el plomero logra alcanzar la estrella.
Al escucharla, el cronista recordó de los tiempos de visión, cuando jugaba al game con su amigo Jorgito.
Jorgito es delgado, media estatura, blanco como la niebla. Su pelo es negro y corto. Los ojos son castaños, pequeños, pero no tan pequeños como los de un chino.
Jorgito ya ha visto de todo en la Sé: Personas sonriendo, llorando, peleando; chicos de manos dadas con chicas, chicas de mano dadas con chicas, chicos de manos dadas con chicos; un aluvión de guardias escoltando hinchas rumbo al fútbol, otro de personas que corrían a la casa para mirar un partido de Brasil en la Copa, trabajadores diversos, transexuales, un deficiente mental golpeando una señora que se resbaló, vio después a un señor deteniéndolo, y oyó a la madre que lloraba a los gritos: “No le pegue, ¡es enfermo, ¡es enfermo!”
En el horario pico, si tiene que tomar el tren sentido Corinthians/Itaquera, la estación más cercana a su casa, Jorgito embarca en la Sé esquivándose de ella. Para tener mejores condiciones de subir en el tren, vuelve a la Anhangabaú, una estación antes. Sabe que allí a cada tres trenes para un vacío. Si así mismo no logra entrar, retrocede tres estaciones más, hasta Marechal Deodoro. La Sé es así, tan saturada cuanto temible.
El temor a despecho, debe disminuir con las nuevas estaciones Luz y República de la línea amarilla del metro, inauguradas en setiembre último. La expectativa es que las estaciones den un respiro de hasta 20% a la Sé, ya que son dos puntos nuevos de conexiones (En la Luz las líneas azul y amarilla se cruzan y en la República se encuentran la amarilla y la roja).

7

Fernando saltó de la música del juego para la clásica. Ahora ejecutaba la Pour Elise de van Beethoven, conocida en São Paulo como la música que anuncia la llegada del camión de gas a la calle.
El arte en la Sé todavía no se limita al piano. En el área de acceso está la “Garatuja”, escultura de Marcelo Nitsche; en el acceso norte se encuentra el mural en mosaico “Colcha de retalhos”, obra de Cláudio Tozzi; la pintura sin título de Renina Katz orna el acceso sur; ya la pintura “Como sempre esteve, amanhã em nossas mãos”, de Mário Gruber, ilustra la plataforma central de la línea leste-este, mientras la pintura “Fiesta”, de Waldemar Zaidler, decora la plataforma lateral. Y mirando los que cruzan los bloqueos, sin que nadie la mire de vuelta, está la escultura sin título, de Alfredo Ceschiatti
Para los que les gusta leer, hay una máquina de comprar libros en la plataforma del sentido Tucuruvi de la línea Norte/Sur. Mônica, joven de piel clara y cabello rubio teñido, se detuvo para mirar los títulos. Nada le interesó. Había algunos libros de Machado de Assis, salpicados entre tantos de autoayuda. Y la autoayuda es algo que definitivamente no soporta. Procuraba alguno de derecho, del curso que hace. Giró la espalda y se metió en el primer tren.

8

Ya pasaba de las 19h. Por ser horario de verano, la claridad aún entraba filtrada por la claraboya central de la estación. Regina, una señora negra de gafas, traía su hijo en el regazo. El niño era claro de cabello castaño, y aparentaba tener poco más de un año. Los dos salían del departamento de objetos perdidos, donde fueran a buscar una zapatilla perdida del chico. El día anterior, su calzado izquierdo cayó en la vía, durante el caos del embarque.
Todas las pertenencias perdidas en las estaciones del metro son remitidas a la Sé, y quedan en una sala de treinta metros durante dos meses. Si nadie los reclama en este periodo, siguen para instituciones de asistencia social o en el caso de los documentos, a los órganos emisores. El dinero perdido va para un sector reservado. Aquel que lo dejó caer tiene que disfrutar de buena memoria, para describir con detalles cuanta era la plata y como estaban los billetes, si tenían o no elástico, etc.
Ya han pasado por la sala, objetos como un cuaderno en braille, un cuadro hecho por una chica en homenaje al día de los padres, una prótesis dentaria, una trompeta, libros, discos, bolsos y muletas, un escáner, una réplica de una plataforma de petróleo y hasta un fogón. Las perdidas más frecuentes son de carteras, paraguas, gafas y celulares. En 2010, según la compañía del metro, fueran encontrados 37 mil objetos, de los cuales 26% han sido recuperados. El tenis del niño no endosó esa estadística. Mismo habiendo oído de un empleado del metro que el calzado sería cogido y encaminado para el departamento, Regina no lo encontró allí. El pequeño ahora usaba unas sandalias del Senninha, personaje infantil inspirado en Ayrton Senna.

9

En la tienda de cosméticos, Albanita atendía a una chica morena, de cabello lacio de indígena.
¿Qué tal esa crema de fresas?
¡Me gustó mucho!
– Sí, es muy bueno, el olor queda por el resto del día en el cuerpo. ¿Vas a llevarlo?
– Era el último día de Albanita en aquella tienda. Más que eso, era el último dia de la tienda. El alquiler de 3.200 Reais no sería renovado por el metro. Albanita no sabía por qué, ya que la tienda vendía una media de 500/600 Reais por día, suficiente, según ella, para lucrar con el espacio pequeño, de unos diez metros cuadrados.
– Albanita tiene una estatura media de mujer, piel morena del color del piano, y cabello negro (muy negro), alisado de plancha hasta el hombro. En aquella semana, oyó tiros resonando a su espalda. Se puso de frente y vio un hombre levantar un arma del piso. Cree que el arma se disparó al caer de su bolsillo. Pánico, Personas corriendo, más de lo que ya corren. Acabaron por prender a otro. Como no era él, tuvieron que soltarlo.
Como sabía que despertaría en la mañana siguiente sin servicio, la vendedora, que ganaba comisión de dos reales por venta, pensaba en volver a hacer algo que le gusta mucho: Vender productos eróticos. Ya ha hecho eso en forma autónoma desde su casa. Garantiza que vende más barato que los sex-shop, y que tiene clientes fieles. La prótesis beniana es la que más salía.
– La tienda de cosméticos se iba, pero aún quedarían en la Sé la farmacia, el quiosco de helados, la tienda de una seguradora, la de venta de pasajes aéreas y la de sandalias, donde se vende más en los dias de calor. Según Rose, vendedora morena y de sonrisa de dientes perfectos, muchos paran allí para cambiar sus calzados calientes por pantuflas frescas que dan aire a los pies.
– Ya son las ocho. Por la claraboya traspasa la última claridad del día. Los latidos de la Sé desaceleran, el movimiento de personas sencillamente disminuye.
El piano está libre, callado. Él se aproxima. Podría tocar algo si supiera. Como no sabe, da un paso atrás, arma su bastón y vuelve a la casa. Aún tiene que escribir su crónica.

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