LA ISLA DE LOS DOMÍNGUEZ. Por Diana Romero

DIANA ROMERO (ECUADOR) Nació en Guayaquil en 1982. Egresada de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo. Ha trabajado en relaciones públicas, radio, prensa escrita y actualmente colabora con revistas y blogs con sus textos de periodismo narrativo. Disfruta descubrir personajes, conversar con desconocidos y contar historias.

 

 

 

 

LA ISLA DE LOS DOMINGUEZ

A 800 metros de Guayaquil, en medio del río, surcada por la monotonía y el fango en los días lluviosos, se encuentra una población de 240 habitantes, formada en medio de leyendas: la Isla Santay, un territorio con una misma base genealógica, que le da algunas particularidades a su historia.

Trabajo final de Diana Romero

 

 

Es cerca del mediodía y en la escuela Jaime Roldós Aguilera, ubicada en la Isla Santay los niños disfrutan de su recreo. Mientras unos gritan y corren por una amplia zona descampada, que hace las veces de patio, otros se amontonan a un costado, formando un círculo.
-“Se golpeó señorita, se golpeó”, gritan los niños, alrededor de un pequeño que solloza acostado sobre el césped y que es trasladado en brazos hasta las escaleras de la escuela de madera.

Ena Gomero, directora y profesora de la institución, acude a su rescate: el golpe no es de cuidado y los pequeños se dispersan para seguir jugando.
“A ver, hagan aquí una fila todos los Domínguez”, dice Ena, con una voz tan enérgica que hace que los niños interrumpan su recreo y obedezcan de inmediato.
Entre brincos y carcajadas se van formando en hilera: 1, 2, 3, 4… “Ahí los tiene: Domínguez-Domínguez, Cruz-Domínguez, Domínguez-Mateo, Jaime-Domínguez”, dice mientras recorre la fila de pequeños con la mirada. “¡Todos son Domínguez aquí!”, exclama con voz chillona.
La profesora Gomero trabaja en esta isla la misma cantidad de tiempo que de existencia tiene la escuela: 13 años. Según relata, de los 37 alumnos de primaria, al menos 30 tienen el “Domínguez” dentro de su nombre, en primer o segundo lugar.

Se trata de un apellido que identifica a los habitantes de Santay como tales y que está vinculado con sus raíces, sus orígenes, según narra Jacinto Domínguez, de 63 años, uno de los ancianos de la comunidad, cuyos ancestros fueron los primeros habitantes de estas tierras, hace más de 120 años.

En la historia de la ciudad, existen pocos registros acerca de la forma en la que se pobló la Isla Santay. Sin embargo, la memoria de los abuelos del lugar, cuentan los hechos importantes de generación en generación. Jacinto Domínguez es el guardián de la tradición oral de esta isla.
“Mi tatarabuelo llegó de Bajada de Chanduy. Él traía pescado salado y sal para vender acá. Venían por una o dos semanas, hasta que poco a poco se fueron quedando de largo. Acá había haciendas y trabajo. Era fácil vivir…”, relata. Su padre llegó aquí a los 12 años y nunca más se fue. Le siguieron sus tíos, que formaron sus familias y continuaron extendiendo el Domínguez por toda la Santay.
Según la historia, la gente forma poblados por muchas razones. A veces llega a un sitio por comercio o por tener un lugar donde alojarse. Los habitantes de Santay se afincaron allí pese a que las condiciones de la isla no eran las mejores.

Según las narraciones de su abuelo y su padre, Jacinto recuerda que la isla estaba conformada por varias haciendas. “Puntilla, Las Acacias, La Pradera Grande, La Pradera Chica, Florencia… Luego los dueños las hipotecaron, se quedaron sin ganado y el que quiso quedarse viviendo acá, se quedó”, agrega.

Cada dos semanas, la marea sube y lo remoja todo. Vuelve difícil movilizarse sin que el fango quiera tragarse las botas de los visitantes. Ese día, sin embargo, el suelo se encontraba seco y cuarteado. El lodo de hace algunos días parecía parte de sus leyendas, como la del duende silbador al que llaman “tin tin” y que la cuentan a cada extraño.

Claudina Domínguez -prima política de Jacinto- es una anciana de mirada amable y arrugada, de sostenida aunque tímida sonrisa y un cuerpo delgado, que esa tarde viste una camiseta roja, estrecha aún para su flacura. “El Esteban se fue a volver, pero ya mismo regresa. Pase, pase…”, dice la mujer de 71 años con voz temblorosa, casi inaudible.

Adentro, en la cocina de su nueva casa dentro de la EcoAldea -construida por el Gobierno Nacional- lava los platos que quedaron sucios luego del almuerzo. Los apila sobre una mesa plástica, lo que, junto a los cerros de ollas y pomas con agua sobre el suelo, da una sensación de desorden a la sala, que se ve amplia sin los muebles. Claudina esperaba a Esteban, su primo, pero también esposo desde hace más de 50 años, con quien procreó 11 hijos, de los que solo 8 viven todavía.

Jacinto Domínguez agrega que debido a que todos los habitantes que comparten este apellido provienen de una misma raíz genealógica, es común que primos y parientes lejanos se interrelacionen entre sí, formando nuevos núcleos familiares, extendiéndolo más aún… Una costumbre de pueblos con ancestralidad, que buscan afianzar los lazos familiares que les permita perennizar su apellido.
Pero para la directora de la escuela de la isla, existe una explicación más simple. “La mayoría de los jóvenes no salen. Casi ninguno va al colegio. No tienen dónde conocer otras personas y forman sus familias aquí mismo”, dice Ena Gomero. Álvaro Cruz Domínguez fue su alumno y es la excepción. Es el único joven de la isla que logró graduarse de bachiller. Su ejemplo lo siguen dos adolescentes más, que acuden a clases a un colegio a distancia, únicamente los sábados, de la misma forma en la que Álvaro logró terminar el colegio.

Un poco más hacia el centro de la isla, en medio del cacareo de las gallinas y del balido de los chivos, una joven mujer mece al último de sus 5 hijos. El pequeño Marco Antonio, de 2 meses, se arrulla al vaivén de una hamaca de redes. El viento a su vez, mece las endebles estructuras de la casa. Gina Domínguez, de 28 años, se unió a Félix Domínguez, su primo, hace 14. La vida para ellos transcurre en la tranquilidad del campo, entre la crianza de sus hijos y las labores de pesca de su marido. Ella, al igual que la mayoría de mujeres de la isla, inició la vida matrimonial muy joven y tiene varios hijos.
En el hogar de Gina, así como en el de Marielena Domínguez de 24 años, abundan los símbolos religiosos: crucifijos sobre las camas, relojes del Sagrado Corazón de Jesús, afiches de la Virgen María en sus diferentes advocaciones, estatuas de Santa Narcisa de Jesús y uno que otro Hermano Gregorio que reposa en algún rincón de los veladores apolillados.
Esto, sin contar que en agosto de cada año, la comunidad de la isla se prepara con comida, música y festejos para recordar a San Jacinto y Santa Mercedes, los patronos de Santay.
“Debajo de algunas casas, los pobladores hacen pequeños altares. En la noche comienzan los rezos y luego el baile, la comelona y los juegos tradicionales: el huevo con la cuchara, el palo encebado y otros. Las familias que organizan deben darle de comer a toda la comunidad, por eso lo hacen solo las que tienen bastantes animales”, cuenta la directora de la escuela.
Pese a los recurrentes símbolos católicos en los hogares de Santay, varios de ellos profesan la religión evangélica desde hace unos 5 años, como Marielena, quien se casó en una boda grupal, organizada por una misión protestante que visita la isla cada semana.
Sentada en el borde de su cama, con sus hijos Wendy, Leonardo y Flor María, Marielena saca de un cajón que se abre con dificultad las fotos de su boda, entre otras más. En unas, se ve una fiesta al aire libre en las que viste un sencillo traje blanco y en otras, luce visiblemente más joven, casi niña, sentada en las piernas de su esposo. “Esta es de cuando recién me uní a él, hace unos 10 años… ya ni me acuerdo”, dice.

A ojos de la directora Gomero, más que conflictos éticos estas uniones han traído también problemas de salud, un criterio con el que coincide el anciano Domínguez. “Hay una familia en la que existe un niño con Síndrome de Down y epilepsia. Y como profesora me doy cuenta de que a sus hermanas les cuesta captar, tienen deficiencias de aprendizaje. Creo que podría ser porque sus padres son primos hermanos”, dice.

La familia a la que se refieren es a los Achiote, otro de los apellidos comunes en Santay, donde se repite la historia: Jackeline, la secretaria de la población, vive con Carlos Achiote, hijo de su tío Lorenzo, de 78 años, el hombre más anciano de la Isla, quien padece de parálisis parcial y pasa sus días entre la hamaca y la cama, hablando un lenguaje inentendible y moviéndose con dificultad entre uno y otro lugar. Los registros de Jackeline reposan escritos con pluma azul en un viejo cuaderno de contabilidad y dicen que de las 56 familias de la Isla Santay (240 personas) aproximadamente 30 son apellido Domínguez, otras 20 son Achiote. Las demás familias se distribuyen entre los Cruz, los Parrales y los Salavarría.

Formas poco tradicionales de interrelacionarse entre ellos, mujeres que alcanzan su realización únicamente a nivel doméstico, escasa educación, complicaciones genéticas: las particularidades de esta isla salen a la luz a cuenta gotas. Santay es una isla de clanes que permanece separada de la urbe por apenas por unos metros, pero a eternidades de su desarrollo total.

Mientras tanto, Jacinto extiende su viejo libro de visitas de hojas amarillas donde cada turista deja un mensaje y su firma. El cuaderno de pasta deteriorada tiene cientos de rúbricas y dedicatorias, algunas incluso en inglés. “Firme, firme aquí”, me dice, mientras me señala un extremo con su temblorosa mano derecha.

 

 

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