AMOR POR LA BASURA. Por Carlos Tapia

CARLOS TAPIA (Uruguay) Soy periodista. Estoy a cargo de la sección Internacional del diario El País, de Uruguay. Antes, en este mismo medio, trabajé como periodista del Suplemento Domingo y de Internacional. Fui editor de la revista cultural El Boulevard en sus dos versiones (papel y digital). También hice, junto con otros profesionales, la investigación periodística para la realización de la página web http://www.dramaturgiauruguaya.gub.uy, del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Y fui conductor y productor, junto con otros profesionales, de programas de radio que se emitieron por la emisora de la Universidad de la República y otras radios en Internet. Estudié en la escuela de Comunicación Social de la Universidad del Trabajo del Uruguay (UTU). Fuera del periodismo estoy recibido de luthiere (construcción de instrumentos de cuerda), diseñador gráfico y curso el último año de la Escuela del Actor (teatro). También estudié música durante varios años.

 

 AMOR POR LA BASURA

Una historia donde los desechos se transforman en lo más importante. 

Trabajo final de Carlos Tapia

A toda velocidad. Los ratones están como locos. El piso está copado por la inmundicia y ellos corren sobre ella. Buscan salvar sus vidas. Son dos. Se cuelan entre las piernas de los funcionarios municipales que limpian el desastre. Después que bajan el primer escalón se pierden de vista. Es el octavo piso de uno de los edificios del complejo de viviendas en el barrio montevideano de Parque Posadas. El equipo de la Intendencia Municipal de Montevideo asea el apartamento que parece una pocilga. Es que la propietaria y su hijo, que fueron retirados del lugar por orden judicial, y llevados al Hospital Vilardebó (el manicomio público), no sacan la basura desde hace 15 años.

La Defensoría del Vecino recibe dos denuncias por semana de personas desesperadas. Cansadas del insoportable olor y del sinfín de insectos y roedores que atraen estos basurales domésticos. La comunidad científica llama al trastorno que lleva a esta acumulación de residuos Síndrome de Diógenes, mismo nombre del mugriento filósofo griego discípulo de Antístenis, éste a su vez pupilo de Sócrates. Lo definen como una “conducta de aislamiento, con ruptura de las relaciones sociales, negligencia de las necesidades de higiene personal y ambiental, reclusión domiciliaria, rechazo a las ayudas familiares y negación de la situación”. Los vecinos, como es el caso de Lorena, que vive frente a la sucia vivienda, se limitan a catalogar el mal como una “pesadilla asquerosa”.

“Hace ya diez años que vivo aquí. Me mudé sin conocer esta realidad, pero luego empecé a ver el estado de mis compañeros de piso. Lo primero que noté fue la violencia doméstica y los papeles que quedaban en el palier. En esos años tuve a mi primer bebé y me dio miedo enfrentar la situación, que cada vez se hizo más insoportable”, relata la vecina, que insiste en mostrar su apartamento, idéntico al que está a menos de un metro, pero éste con una limpieza resplandeciente.

“En varias oportunidades intentamos venderlo, pero fue imposible. Algunos se muestran entusiasmados, pero esta situación, que no nos gusta ocultar, espanta a los posibles compradores”, agrega Lorena.

Produce arcadas tan sólo ver la vivienda de enfrente. Al ingresar a ella es imposible posar un solo pie en una superficie plana. Pese a los kilos de basura que se fueron por el ascensor, en gigantescas bolsas, el piso continúa repleto de residuos de todo tipo. Los artefactos del baño están destruidos. Quienes padecen esta enfermedad suelen defecar y orinar en cualquier parte. La cocina también está inutilizable. Y los dos dormitorios, que se ven desde el comedor y todavía no comenzaron a ser aseados, tienen montañas de bolsas que superan el metro. Pese a que el apartamento fue fumigado con anterioridad, aún hay roedores e insectos. Las ratas están encariñadas con el lugar, pues la propietaria solía darles de comer. Seguro que no se trata de una mujer rencorosa, pues éstas la mordieron varias veces. Respirar es asqueroso.

“Son múltiples las patologías psiquiátricas que pueden llevar a la acumulación de basura y/o animales. Estas personas pierden conciencia de cuáles son las cosas que tienen utilidad para la vida cotidiana y cuáles no”, señala la psiquiatra Graciela Alfonso.

La especialista, que atendió numerosos casos de Diógenes, advierte que, quienes lo padecen, como no tienen conciencia de la enfermedad, nunca comunican porqué y de qué manera comenzaron a juntar basura. “Para ellos es algo normal, consideran que lo hacen por una utilidad personal”, agrega.

Las denuncias de vecinos se multiplican cada año. Esta proliferación de casos llevó a que el Ministerio de Salud Pública resolviera, en 2007, la creación de una comisión multidisciplinaria para atender los reclamos. La misma está integrada por el propio Ministerio, la Administración de Servicios de Salud del Estado, Facultad de Medicina, Inspector del Psicópata, Poder Judicial, el Vilardebó, la Defensoría del Vecino y el Departamento de Desarrollo Social y la División Salud de la Intendencia Municipal de Montevideo.

Fue el 6 de diciembre de 2006, a menos de una semana de que comenzaran a trabajar, que la Defensoría del Vecino recibió la misteriosa llamada telefónica. Era una mujer indignada. Denunciaba que la Intendencia de Montevideo había ingresado a su propiedad y robado una gran cantidad de objetos. El defensor del vecino, Fernando Rodríguez, se prestó investigar el caso. Ahora recuerda: “Cuando llegamos a Salubridad de la comuna nos encontramos con la documentación del operativo. Lo que la Intendencia había retirado de la casa de esta mujer eran kilos y kilos de basura. La comuna respondió a una orden judicial que llamaba a erradicar un fuerte foco de contaminación, ubicado dentro de un apartamento en una zona híper urbanizada de Montevideo”.

Es que para el Diógenes no hay zonas ni estratos sociales. “Conocemos casos de personas con un desarrollo intelectual muy importante y con grandes posibilidades económicas, como también se dan casos en gente con pobreza extrema”, añade Rodríguez.

Pocas semanas antes del allanamiento en el apartamento del barrio de Parque Posadas, una vecina, en el primer piso, corrió una maceta de su terraza y descubrió seis ratones. El edificio está minado de roedores y la comuna ya ordenó una fumigación. Hasta que estos poco simpáticos cuadrúpedos aparecen, que lo suelen hacer junto a los insectos y el olor inaguantable, es casi imposible detectar lo que sucede. “Cuando hacen la denuncia ya hay muchas toneladas de basura. Es necesario buscar métodos para que el vecino tenga una mirada especializada sobre el tema. En eso es que estamos trabajando en la comisión”, sostiene el defensor del vecino.

Pero no alcanza con detectar el problema, pues, luego, hay que pasar por un proceso burocrático administrativo antes de que se realice el allanamiento. Cuando un vecino se dirige a la Defensoría, suele ser porque no recibió una rápida respuesta desde la IMM, donde denunció el caso en un principio.

Una vez que el trámite se puso en funcionamiento tiene varias y reiterativas etapas. Luego que la comuna reacciona se realiza una intimación con un plazo de 30 días; al no recibir respuesta se hace otra, pasado este lapso se envía un cedulón con una multa y se extiende el plazo otra vez, si no hay respuesta el Poder Judicial ordena allanar el domicilio. Primero se retira, con la presencia de un psiquiatra, la persona que reside en la vivienda, que en muchos casos es trasladada al Hospital Vilardebó; luego se hace la fumigación y recién después se realiza el operativo de limpieza, en el que participan, al menos, ocho funcionarios de la comuna, cuatro de Salud Pública y un escribano. En algunos casos, desde el día de la denuncia hasta el del allanamiento, llegan a pasar más de dos años.

“Este proceso lleva su tiempo, son pasos administrativos que tenemos que cumplir. Además, luego que llega la orden para realizar el allanamiento hay que coordinarlo con la gente de limpieza, porque quienes hacen estos trabajos son los mismos que se dedican a las playas”, dice la directora interina del Servicio de Salubridad de la Intendencia, Beatriz Mato. La funcionaria, que dirige el operativo que se realiza en Parque Posadas, habla desde las afueras del edificio, donde debió salir a tomar un poco de aire acechada por el fuerte olor. Limpiezas como éstas cuestan a la comuna unos 350.000 pesos.

El operativo terminó. Sin embargo, a Lorena la invade el temor a que todo vuelva a empezar. “Tengo hora con el dermatólogo porque mi hija de seis años tiene un sarpullido que podría ser sarna. La verdad, espero que mis vecinos no regresen”, señala. Los acumuladores de residuos fueron dados de alta por el Vilardebó y están alojados en la casa de un familiar que espera que puedan volver pronto a su vivienda, pues en la de él ya comenzaron a juntar basura.

* La nota además fue publicada por el diario El País de Montevideo.

 

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