ASÍ SE TERMINA TODO. Por Aura López

AURA LÓPEZ (México) Curiosa y existencialista Siempre ha vivido en la Ciudad de México, es egresada de la carrera de Comunicación de la Universidad Iberoamericana y actualmente funge como Coordinadora Editorial de Tecnología para Grupo Expansión.

 

 

 

ASÍ ES COMO TERMINA

Nadie habla de la muerte pero vivimos con ella. Esto no es un texto de narcotráfico. Es un relato sobre dejar el entumecimiento citadino y explorar la tradición del Día de Muertos.

Por Aura López

 

 

A mí nadie me lo dijo. ¿Cómo iba yo a saber que en México, los restos de prestigiados artistas, escritores y políticos, que pusieron en alto el nombre de mi país, yacen en un panteón por el que paso todos los días cuando voy al trabajo? Pues bien, mi ignorancia y mi orgullo me llevaron a conocer el lugar cuando se festejaba el tradicional Día de muertos o como yo lo llamo: la paradoja mexicana. Dicen que a nosotros, los mexicanos, nos gusta reírnos de la muerte pero yo creo que Ella se burló de mí cuando me vio entrar a uno de sus panteones, (en este caso el que se llama “Dolores”). En mi vida había pisado uno en este día y la imagen que tenía en la cabeza era la que había visto en la televisión de mi infancia: un panteón atiborrado de gente, con las manos llenas de flores de Cempasúchil (flor tupida semejante a un clavel pero de pétalos gruesos, mayor tamaño y colores naranja o magenta), veladoras encendidas y enfilándose, a manera de peregrinación, hasta la tumba de sus difuntos; pero la tradición de origen prehispánico que visualizaba se desvanecía mientras caminaba hacia una carroza negra de los años 50, ubicada, como si fuera una pieza de colección, en el centro del patio y de la que sobresalía la insignia “J. García López Funerarias”. No dejé de pensar que el mismísimo Batman se quedaría boquiabierto, como yo, porque aquel vehículo, que traslada tu cuerpo de la morgue a la funeraria (en la que te quitarán los órganos o embalsarán y te meterán en una caja para que seas velado durante horas con rosarios, pésames a tus familiares y plegarias para que te sientes al lado del “Señor”, para después ser trasladado hacia la cremación o la tumba) pudiera causar el mismo revuelo que el Batimóvil en acción.

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Unos metros después encuentro mi destino. Un portón forrado con figuras de plástico en colores patrios (verde, blanco y rojo) del que sobresale el título: “Rotonda de las Personas Ilustres”. Empecé a leer nombres conocidos, de aquellos personajes que me enseñaron en la primaria o preparatoria: Jaime Nuno y Francisco González Bocanegra, autores del Himno Nacional Mexicano que también, compartían la misma tumba; Jaime Torres Bodet, Antonio Caso y Ramón López Velarde, poetas y escritores de los que, pese a la insistencia de la maestra de Literatura por dedicarle una página a su vida, yo no recordaba ni una de sus obras… y tenía el descaro de pararme frente a sus restos; Siqueiros, resguardado en una tumba con la figura de Prometeo, hecha en bronce y dos metros de altura; Diego Rivera descansando tras una lápida de piedra en la que sobresalía su figura tallada en mármol y al lado, su clásico sello de alcatraces; Amado Nervo en una especie de carpa, abandonada, con techo de cristales en colores azul y ámbar; Sebastian Lerdo de Tejada, ex presidente de México del siglo XIX y quien tuvo la idea de hacer de esta zona un mausoleo, usando la más ostentosa de todas. Él, sentado en una estructura de mármol —como si fuera el monumento a Lincoln—, cuatro figuras de tamaño real habitando las esquinas: tres mujeres y un hombre como de la época romana, simbolizando el poder y la justicia de sus ideales; pero la tumba con más flores era la de Agustín Lara, el cantante y compositor cuya lápida sobresale por una figura de su rostro (que parece esculpida en oro) y atrás de éste surge una mano que arrulla a una mujer (pudiera ser su ex esposa a María Félix). Después de todo mi ignorancia no era tan mala. Al final, las personas ilustres estaban “allá” y sus huesos, detrás de esos bustos de bronce o mármol, son ellos los nos observaban mientras los observamos.

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Vestida de color negro, con cara pálida, sin maquillaje, pelo sin alaciar y ceño fruncido cumplo con la vestimenta de luto. Entro al verdadero panteón, el lugar en donde sí está la gente con sus flores en mano, donde se escuchan las primeras estrofas de “Amor Eterno” interpretada con la música de un acordeón. No sabía que un panteón tuviera sus propias calles, evidentemente las de éste tiene los nombres de aquellas figuras célebres por las que acabé en este lugar. Veo que a mi derecha la gente se dirige hacia una pileta para llenar sus cubetas con agua. Algunos sólo lo hacen en este día feriado y otros viven de eso.

A lo lejos se escuchan los gritos de la vendimia. Algo típico en los tianguis, el metro, las ferias y por lo visto, en este día. “¡De a diez, a DIez a DIEZ las papas, los chicharrones, el refresco y las aguas!”… También estaban a diez los ramitos de flores y las burbujas de jabón. Estás tumbas son tan diferentes a la Rotonda de las Personas Ilustres, no por ello de menor valor. Las más ostentosas simulan una mini-capilla con vitrales de la Virgen María y Jesús (siempre he pensado que eso es una acción inconsciente, como si eso fuera a salvar a las personas católicas del cielo y el infierno), otras son de azulejos, cemento, piedra y en algunos casos, sólo tierra. En el centro de la lápida, la gente forma un cruz con flores de Cempasúchil.

El lugar está lleno de tumbas seriadas 55112…, 55113…, 55114. Empiezo a notar que este no es un lugar lúgubre como lo hubiera pensado. Por un lado, veo a una familia, una mamá y un hijo adolescente, sentados en la tumba de su difunto. Si me acerco de más sé que invadiré su espacio así que permanezco distante. La señora saca unos platos como si fuera a poner la mesa, los refrescos y de un paquete unos tacos. Supongo que ya es más de medio día y es la hora de comer pues no son los únicos que le traen un festín a su pariente (o más bien que vienen a comerlo en su honor).

Son unos conceptos curiosos, los de honrar al muerto. En otra tumba observo a un grupo de gente mayor. Son 10 personas que oscilan entre los 70 y 80 años de edad. La mayoría tiene el pelo canoso y por alguna razón, tienen otra actitud. No sé si es porque ya están más cerca del “allá” que del “acá” pero ellos no vienen a llorar, ellos están ahí entonando una porra…“¡Chiquitibum bombita!, ¡Chiquitibum bombita!””…y para seguir la fiesta sin alcohol pero efusiva cambian la porra por la nostalgia de “Solamente una vez”, seguro Agustín Lara está contento de que su canción sea de las más escuchadas en este día. Y así, continúa mi recorrido.

Cada vez me alejo hacia al mundo de los vivos. Camino largas cuadras llenas de lotes, músicos norteños y mariachis ofreciendo canciones, de los puestos de la vendimia. Me alejo de la “Rotonda de las Personas Ilustres”, del camino lleno de pétalos de cempasúchil y de la carroza exhibida en la entrada. Salgo hacia el caos vial que implica Av. De los Constituyentes en una tarde de día feriado. Sí, mi ignorancia inicial quedó resuelta pero ahora me pregunto: ¿Cuántos años necesito para poder entonarle una canción sin lágrimas a mi ser perdido? ¿Para llevarle a su nicho ese pastel que compartíamos en su cumpleaños? ¿Para gritarle unas porras de felicidad por la vida que tuvo? ¿Para pensar (o dejar de soñar) que algún día volveré a abrazarla en otra vida? ¿Para ponerle un altar sin preguntarme en dónde está?…Cuántos años necesito para llegar a ese nivel de locura o sanación sin que duela su muerte.

Ahora entiendo porque la “Catrina” me sonrió burlonamente cuando me despedía del inframundo.

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