EL GIGANTE QUE LE TEME A LOS PEQUEÑOS. Por David Gavidia

DAVID GAVIDIA. Perú, 1983. Periodista. Hijo único. Escorpio. Hincha de Universitario de Deportes. Estudió la maestría de Literatura Peruana y Latinoamericana en la Universidad de San Marcos y ha publicado en diferentes medios de comunicación de su país. Vive en Lima. Odia las tarjetas de crédito.

 

 

 
EL GIGANTE QUE LE TEME A LOS PEQUEÑOS

Eliseo Arrieta, mide 2 metros 10, pesa 136 kilos, calza 54 y sigue creciendo. A sus 21 años, es el hombre más grande de Ayacucho, ciudad con un promedio de metro 60 de estatura. Llega a Lima y la prensa lo convierte en estrella fugaz de televisión. Esta es su historia.

Trabajo final de David Gavidia

 

 
Eliseo Arrieta no lo sabe, en unas horas se convertirá en estrella de televisión, pero eso será por la tarde. Ahora, en estos momentos, no.
Tiene 21 años, es huérfano de madre y campesino por necesidad. Ignora de cámaras digitales, luces en el rostro, maquillaje sobre la nariz ancha, chueca y porosa como papa amarilla. Lo suyo es el cielo celeste y las nubes blancas que flotan sobre los andes Ayacuchanos. Su vida, no tiene nada que ver con la firma de autógrafos y las miradas curiosas. Su mundo está en el alimento cotidiano: camote, chuño; y en un lugar para dormir: sobre un pellejo de carnero que usa como colchón. En las próximas 16 horas llegará por primera vez a Lima y su vida cambiará. Pasará del anonimato a la popularidad. Se convertirá en portada de diarios. Posará para una sesión de fotos con el más alto y el más enano del Perú. Se reunirá con la alcaldesa de Lima. Le dará de comer a una jirafa en el zoológico y, sonreirá tiernamente para la televisión, frente a miles de espectadores que lo mirarán con esa displicencia que solo le dan a los personajes con anomalías físicas: Eliseo Arrieta Águila mide 2 metros con 10 centímetros, pesa 136 kilos y calza 54. Le diagnosticarán Acromegalia. Los doctores temerán por su vida. La prensa lo bautizará como el “Gigante de Huanta”… Pero eso él, a las 10 con 32 de esta mañana, no lo sabe.
La historia comienza con un reportero de televisión que se deja llevar por el rumor. En la comunidad campesina Putacca-Pucacolpa, a ocho horas de Huanta, existiría un gigante temeroso de la gente. Un hombre de gran tamaño que es casto y que, en el colmo del pudor, orina entre los cerros tapándose el bulto más con vergüenza que con orgullo viril. En las imágenes emitidas por el reportaje de aquel domingo, el periodista Renzo Madrid llega hasta el lugar y está listo para confirmar la noticia. Se presenta ante las cámaras jadeante, cansado, con la misma expresión que usan los reporteros para hacer creer que sufren por lograr una exclusiva. Llega. Abre los ojos, habla como si le faltara el aire. Está a 3 mil metros de altura. Y ¡al fin!, mira a Eliseo sentado sobre una piedra. El periodista se sorprende. No le saca los ojos de encima. De arriba hacia abajo. De abajo hacia arriba. Todo es grabado milimétricamente. Se saludan.
– “Hola Eliseo… pero, ¡Qué Increíble!, mira esas manos… enséñalas”, le dice, guiando los dedos grandes y gordos y amoratados de Arrieta hacia la cámara. Luego los compara con los suyos. Parecen las manos de un padre con su hijo. Una encima de la otra. Momento Kodak. Debe ser registrado.
A esa hora el reportaje sobre Eliseo ya alcanzó los 16 puntos de rating en un canal que no supera los cinco. La conversación continúa. El Gigante –como ya comienzan a llamarlo- es monosilábico.
– ¡Vamos a Lima!. ¿Quieres conocer Lima?, le pregunta en medio de ese paisaje de cerros ariscos y secos, de cielo alto y despejado, de sol radiante, de poco verde y muchas ovejas.
– Sí. Pero se pueden burlar.
– ¿Quiénes? ¿La gente?
– Sí. Sí, porque soy alto.
– ¿Estás enfermo? ¿No te ha tratado un médico?
– Nada, nada.
– Piensas que tu enfermedad puede ser algo peor.
– Ajá. La cabeza me duele. Las rodillas.
Entonces inician el periplo que es transmitido paso a paso por señal abierta: Eliseo muestra su casa. Ingresa, agachando medio cuerpo, por una puerta tan estrecha como minúscula para llegar a una especie de almacén lleno de baldes y ollas viejas. Eliseo que se tira al suelo para mostrar cómo duerme sobre una piel de carnero. Eliseo que viaja en la tolva de una pick up. No entra en la cabina del chofer. Eliseo en Ayacucho recibiendo propina de un público que lo mira con sorpresa. Eliseo cambiando de look. Eliseo haciéndose la manicure, la pedicure y pidiendo que le regalen zapatos. Luego, un calmante para treparse al avión con destino a Lima. Su llegada triunfante. Y una escena final de él mirando el frío y plomizo mar del Pacífico, ese falso Caribe peruano de horizonte tan gigante como los sueños que –ahora sí- Eliseo Arrieta comienza a fabricar. Todo en plano contrapicado y con un soundtrack que bien encajaría en la película Forrest Gump. Un reportaje lacrimógeno que termina con el comentario de los conductores: “Conmovedor realmente. Vámonos a una pausa”.

 
A la mañana siguiente Eliseo Arrieta es portada de los diarios amarillos. “Gigante de Huanta llega a Lima y pide ayuda”. Es invitado a los programas de espectáculos y debe tolerar preguntas del tipo: “Y así de graaaande es tooooodo tu cuerpo”, lo que produce la carcajada del público y le genera una sonrisa nerviosa.
Eliseo no es un gigante. Ahora lo pienso, que me encuentro frente a él. 2 metros 10 puede medir un basquetbolista de la NBA. Y eso no lo convierte en un gigante. Sí en un tipo grande de rostro y extremidades muy anchas del ande peruano, donde el promedio de estatura no supera el metro 60. Seguro que eso llama la atención de la prensa nacional y extranjera, que ya le dedican reportajes con extensión de cortometraje.
Eliseo no encuentra ropa de su talla. Solo viste un buzo azul y una casaca del mismo color. Usa zapatos negros ortopédicos. En cuanto programa se presenta, solicita una casaca para soportar el frío húmedo de Lima. La ayuda no llega, pese a sus incontables pedidos. No hay XXL en las tiendas por departamento, suele ser la excusa. Pero en cambio, le han regalado un celular con televisor e Internet. Él, no sabe cómo usarlo. Tampoco tiene a quién llamar: es el tercero de cuatro hermanos dispersos en el campo, su madre murió víctima del terrorismo y su padre, con quien vive en Huanta, viaja a Satipo cada 15 días para cosechar y cultivar café. Ninguno tiene teléfono móvil.
A lo que Eliseo se acostumbró es a la buena comida. En la sierra tomaba sopa de chuño o almorzaba papa sancochada. En Lima, come seis panes con queso y dos tazas de quinua en el desayuno. La primera vez que llegó a un restaurante arrasó con un pollo a la brasa con papas fritas que bien podría ser consumido por cuatro personas.
– “No como mucho”, dice, avergonzado.
– “En realidad, come como para dos personas”, afirma una enfermera que lo tiene a su cuidado.
A los trece años Eliseo notó que crecía demasiado. Creyó que sería un tipo muy alto. Pero cuando le sacó dos cabezas a sus amigos y ellos se burlaban de él, decidió aislarse y refugiarse en su chacra. Se acostumbró a la soledad y a las pocas palabras. Se convirtió en un “gigante” acomplejado y con temor a los “pequeños”. Muy pendiente a las miradas que caían sobre él. Ahora en Lima, le toca enfrentar a este monstruo de miles de cabezas que es la capital del Perú. La adaptación parece difícil.
– ¿Te gusta Lima?
– Así es. Me quiero quedar acá. Acabar mi colegio.
Durante su primera semana también inició su tratamiento médico. Se le diagnosticó Acromegalia, ello provoca su gigantismo. Esta enfermedad nace debido a un tumor en la hipófisis y le genera el crecimiento exagerado de sus manos, pies, rostro y órganos vitales. A ello se suma una escoliosis lumbar por lo que su columna parece una gran S mayúscula. Sin mencionar la cadera no alineada, la pierna derecha chueca y un amasijo de várices que no le permiten caminar con normalidad por lo que debe usar bastón. Para evitar que siga creciendo deberán extraer el tumor con una operación al cerebro. “Hay que tener cuidado”, ha dicho el doctor Javier Marzano, quien tiene a su cargo el caso. La noticia fue recogida con tono necrológico: “Gigante de Huanta podría morir”.
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No hay mejor idea para levantar los ánimos del desfallecido que mostrándole casos extremos. De aquellos que aprendieron a convivir con las burlas y las miradas. Entonces, no hubo mejor idea que coordinar una producción fotográfica –a modo de visita motivacional- entre Eliseo y Fernando Del Águila, también conocido como “Largo”, uno de los peruanos más pequeños del país, con solo 96 centímetros. Y otra reunión con Margarito Machaguay, el más alto del Perú, con 2 metros 36 centímetros y que, hace 15 años, sufrió con el mismo acoso que ahora padece Eliseo.
La primera reunión es con Fernando Del Águila. El enano, otrora actor cómico de televisión y ahora vendedor ambulante llega al albergue donde se encuentra Eliseo. Lo hace vestido de doctor y con un estetoscopio tan grande que la campana toca el suelo.
– “Pero mira qué pequeñito, oye”, es la primera reacción de Eliseo.
La química es inmediata. Intercambian algunas palabras. Todo en quechua. Solo entiendo la palabra “siqui”, que significa “culo”. Supongo que hablan de las nalgas flacas de la enfermera. Es la primera vez que veo a Eliseo reír con cierta desenvoltura. Largo es un comediante de vieja data. Tiene unos 53 años y ha participado en exitosos programas de televisión. No está ajeno a la lisura y a la palomillada. Por eso, ha pedido al Gigante se acueste sobre una camilla y pose para las cámaras vestido como paciente de hospital. Largo se para sobre una silla y coloca el estetoscopio sobre el corazón de Eliseo. Ríen. Y los medios que fueron convocados para el encuentro buscan sus mejores ángulos. En unas horas el encuentro asaltará las webs, los diarios y los canales de televisión. El ánimo es fresco. Y ahora Largo, en castellano, le dice que todo saldrá bien, que la operación al cerebro es fácil, que no se asuste, que él mismo la podría hacer, pero que en estos momentos no tiene ni el serrucho, ni el tiempo, ni las ganas, por lo que debe volver al Centro de Lima a vender sus caramelos.
Días después del comentado encuentro, Eliseo descansó de tanto asedio. Se olvidó de los set de televisión. Pero la calma terminó pronto.
– Eliseo, Margarito llega a visitarte. Viene a Lima junto a su esposa y quiere pasear contigo. ¿Dónde quieres ir? ¿Al Parque de las Leyendas a ver animalitos?, le pregunta una periodista.
– Al Parque de las Leyendas será, pues.
Aquel sábado Margarito Machaguay llegó desde la ciudad amazónica de Bagua. Es un sujeto flaco y su rostro me hace recordar al de Anonymous, pero sin bigote. En sus brazos lleva tatuados un micrófono, porque es periodista y las iniciales de su nombre.
La cita se da en el Parque de las Leyendas, el zoológico más tradicional de Lima. El encuentro es un abrazo y el comparativo de estaturas es más que necesario para iniciar el show. Margarito es una cabeza más alto.
– Vaya, al fin puedo conversar con alguien mirándole de frente a los ojos; dice Margarito.
– Dirás con alguien que está a tu altura; agrega su esposa, que le llega a la cintura y usa taco alto.
– Si pues, señor; responde Eliseo.
Roto el protocolo del “hola, cómo éstas” y el “que Dios te bendiga”, ingresan al zoológico. Recorren sus pabellones. Previa coordinación entre la reportera y el jefe de marketing del Parque, Eliseo y Margarito son llevados al pabellón “Internacional”. En este lugar están los animales que solo se ven a través de la National Geographics: hipopótamos, cocodrilos, cebras y por supuesto, la jirafa Peggy, de cinco metros. Irónico espécimen para llevar a los peruanos más altos del país. De seguro, el sobrenombre de “jirafa” les cayó de golpe en algún triste momento de sus vidas.
– ¡Caramba! tremendo gigantón. ¡Mira ve! más grande que nosotros. ¡Qué bacán!. ¡Pasu machu!, ¡caramba!; dice Eliseo, rompiendo su habitual mutismo.
El cuidador de Peggy, un sujeto de mediana estatura pero acostumbrado a mirar hacia arriba, invita a los gigantes a ingresar a la jaula. Una sorpresa que no estaba en el guión pero que para las cámaras significa el traveling perfecto para llegar al clímax de la nota. Eliseo-Margarito-Peggy, juntos en una toma tierna y eficaz, rodeados de un público numeroso que les da vivas desde afuera de la jaula. Los tres son parte de un espectáculo, casi circense.
Ambos con sus manos le acercan la alfalfa al hocico. Peggy, saca su lengua áspera y muestra unos dientes amarillos y cuadrados. Toma el alimento y levanta el cuello hacia el cielo en una magistral parábola.
– ¡Pasu machu, qué bonito!. ¡Jaja!
A Eliseo se le ve feliz. Camina tranquilo por el interior de la jaula, que es una especie de gran pampón. No se cansa de darle alimento. El público aplaude.
– ¿Quieren conocer más animales?, les preguntan.
– Claro queremos conocer más animales; responde Eliseo.
Los llevan a la jaula de la Tortuga gigante.
Aquella mañana pasearon en botes, comieron pasteles y Eliseo tuvo un encuentro con la alcaldesa de Lima Susana Villarán, quien prometió ayudarle a conseguir trabajo. Él le comentó que quería culminar el colegio y había decidido estudiar ingeniería. Que quería hacer carreteras para su pueblo y una suma de sueños que se habían activado cuando él y su soledad arribaron a Lima.
Pasaron las semanas y Eliseo se convirtió en noticia de ayer, de ser portada en los diarios se transformó en una nota breve de 500 caracteres. Los canales se olvidaron de darle seguimiento al caso y ya no obtuvo la mención de semanas atrás. Se acabaron sus 15 minutos de fama. Las enfermeras que velan por su salud comentan que Eliseo se ha convertido en un sujeto más comunicativo y es el engreído del albergue en donde se encuentra. Pero todavía es muy tímido, y mucho más cuando le hablan de amor. Aun así no logra romper con su dificultad de mirar hacia abajo para comprender el mensaje oculto que llevan los ojos de sus interlocutores. Es difícil para él que estuvo tan alejado al afecto y la atención. Todavía agacha la cabeza cuando le hablan. Más si tiene un micrófono delante de él. Su lucha por romper las barreras de ser tan grande en un país de estatura promedio continúa. Es el gigante más enano del Perú, y no solo nos referimos a su tamaño, sino a esa capacidad que tenemos para hacer pequeño al más noble de todos los gigantes. Pero eso él, todavía no lo sabe.

 

 

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