LA ESTACION DE METRO MÁS GRANDE DE BRASIL. Por Marcos Fidalgo

MARCOS FIDALGO (BRASIL) Es periodista posgraduado en Periodismo Literario. Trabaja en una asesoría de comunicación en São Paulo, además de escribir regularmente para revistas y portales de Brasil, y para La Voz de Galicia de España. Sus textos están reunidos en el blog www.marcosfidalgo.com.br

ESTACIÓN SÉ: CAOS Y ACORDES DEL METRO DE SAO PAULO.

El cronista pasea en un fin de tarde por la más caótica estación de metro de Brasil, escucha historias de pasajeros y empleados, además del sonido desafinado de un piano público.

Por Marcos Fidalgo

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Él arma su bastón y se yergue. Por instinto cree que la próxima parada es la Sé. Todavía no lo puede comprobar, ya que la voz del maquinista anunciando las estaciones es inaudible en aquel viejo vagón. En los trenes nuevos que de a poco sustituyen los antiguos, la voz es grabada por una mujer, siempre simpática a cualquier hora del día. El tren para y las puertas de la banda izquierda se abren, comprobando que es la Sé, la estación central del metro de São Paulo, la más transitada de Brasil.
Él pone su mano en la espalda de otro pasajero que también bajará. Está sudada. Todos se tocan y se empujan. Todos sudados. A veces se ofenden y pelean. En los horarios pico los cuerpos hacen chispas.
Primero abren las puertas del lado izquierdo para el desembarque, y un rato después las otras para el embarque. Muchos salen de aquel tren que sigue la ruta Norte-Sur, para tomar el que va en dirección Oeste-Este. Son cinco y treinta de la tarde y la mayoría está volviendo a su casa.
Baja sin mayores problemas, y sigue en línea recta, en dirección a la máquina que llama a los funcionarios del metro. La encuentra y aprieta su botón central, pero nadie le contesta. En la estación donde subió avisó que bajaría allí. Pero encontrar a alguien del metro a su espera en la Sé es poco probable. Hay que aguardar. Y es lo que hace, recostado en una columna. Tiene piel clara y ojos castaños ciegos, el mismo color de su cabello corto. Viene a oír algunas de las ochocientas personas que pasan diariamente por aquella ciudad subterránea, de cuarenta mil metros cuadrados, inaugurada en febrero de 1978.

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Para sumergir la Sé a 27 metros de profundidad, fueran retirados 382 mil metros cúbicos de tierra, el correspondiente a diez mil camiones llenos. La obra consumió 10 mil toneladas de acero, y 90 mil metros cúbicos de cemento, 10% más que el utilizado en la construcción del Maracanã.
– La obra también requirió la primera implosión brasileña de la historia. Tres edificios y un palacete se vinieron abajo.
– Al final, los paulistanos ganaron no solo la estación Sé, sino una nueva Praça da Sé, el marco Zero de la ciudad, donde se ubica la catedral del mismo nombre. La plaza fue revitalizada y ampliada, y tiene hoy 18 mil m² de áreas verdes.
– Hola, ¿vamos?
– -¿Es del metro?
– – Sí.
– – ¿La máquina no funciona?
– – No, se quebró.
– – ¿Adónde vas?
– – Por favor, déjeme cerca de los molinetes.
– Son treinta y cuatro molinetes en total, que registran un promedio de 170 embarques por minuto, entre las 17 y 18h. Para llegar hasta ellos, hay que subir dos de las treinta y seis escaleras mecánicas o tomar el ascensor, reservado para personas con deficiencia como él. Pero él prefiere la escalera, para poder hablar más con el hombre que lo conduce.
– – ¿Cómo te llamas?
– – Bruno.
– – ¿Cuántas personas con deficiencia conduces?
– – Unas cinco, seis…
– – ¿Trabaja cuántas horas?
– – Seis. Cuidado con el fin de la escalera.
– Moreno ancho, de media estatura y de brazos fuertes, Bruno es uno de los “Jóvenes ciudadanos”, personas entre dieciséis y dieciocho años, que alternan entre el colegio y la Pasantía en el metro. Son ellos los responsables por guiar los que tienen deficiencias, además de estar atentos al movimiento.

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Oyó en el camino el sonido del piano y se detuvo un instante. Podría haber allí una buena anécdota.
– El instrumento de ochenta y ocho cuerdas está puesto en el primer piso de la estación. Allí también están los molinetes, el departamento de objetos perdidos, además de algunas tiendas. En el segundo piso corre la Línea Roja (Este-Oeste), y en el tercero, la Línea Azul (Norte-sur).
– – ¿Puedes dejarme junto al piano?
– – ¿No vas más a los molinetes?
– – No, quero oír el piano. ¿Y cualquiera puede tocar?
– – Si, es libre.
– El chico lo dejó atrás de un hombre alto, delgado, moreno, casi negro. Tenía el rostro sereno, afeitado y el cabello muy corto. Él repasaba las notas en el piano alemán, color caoba. Desde marzo de este año, algunas estaciones del metro de São Paulo cuentan con uno como aquel. El que quiere tocar puede sentarse en el banquillo, durante el horario de funcionamiento de las estaciones. Casi todas abren a las 4h40, y cierran a la media noche y los sábados, a la 1h.

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– ¿Quieres tocar?
– – No, solo quería hablar contigo, para una crónica que escribiré. ¡Pero primero toque!
– – ¿Qué quieres oír?
– – Hum… Deje me ver… U 2.
– El hombre empezó a ejecutar “With or without you”. Su nombre es Julio, tiene treinta y cuatro años y trabaja en la compañía Emirates. Aquella noche viajaba a Dubái.
– Julio nació en São Paulo y viene a la ciudad cada dos meses. Aprendió a tocar el piano a los diez años. Comenzó tocando música clásica, y ahora le gusta tocar pop. La iniciativa de poner un piano en el metro le encantó. “Nunca he visto eso”. Terminó de tocar y volvió a Dubái, dejando el piano a Fernando.
Bajito y gordo, vistiendo paletó y corbata, Fernando estaba estresado. El empleo en el banco le aburre. Siempre que puede, antes de seguir para su curso de derecho, se sienta en el banquillo. Junto a él estaba Victor, joven de dieciocho años, alto, flaco, de cabello castaño, de sonrisa blanca y dientes adolescentemente torcidos. Él quiere cursar ingeniería, pero trabaja con comercio exterior, en paralelo con el último año del colegio. Los dos se conocieron en el piano de la Sé. Fernando quiere practicar, Victor quiere aprender. “¡Este piano está mal!, se quejó Fernando. Algunas teclas estaban rotas. Igualmente empezó a tocar la música del juego de Mario Bross.
Algunos pararan para oírlo: Un señor miraba el piano, mientras que un joven, para escuchar mejor, fijaba los ojos en el piso. La audición no era fácil. El sonido del piano se perdía en el amplio espacio como un niño desgarrado y se mezclaba en la multitud de sonidos con el del sistema de altoparlante, que vociferaba órdenes a los jóvenes ciudadanos: “Joven ciudadano Bruno, puesto S al Norte. Joven ciudadano Bruno, puesto S al Norte.”

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Del piano es posible mirar parte de la cruz dibujada por las dos líneas. Más allá del ángulo de visión estaba Leandro, que controlaba el embarque en la plataforma sentido Corinthians/Itaquera. Trabajando en la Sé hace un año, el moreno larguirucho, de gafas y corto cabello negro, es uno de los guardias que regulan con una cinta amarilla el paso de cuarenta personas para uno de los espacios cuadrados, una especie de antesala del tren. Cuando el reservado se llena, él prende la cinta al pino de la otra extremidad, para que nadie más intente acceder al vagón. Hay un espacio de esos para cada una de las puertas de embarque. Son intercalados con barras metálicas que van bordeando la plataforma junto a la vía, lo que evita la caída de algún usuario en los carriles energizados de muerte. La estructura está puesta en los dos sentidos de la línea Este-Oeste y en el sentido Jabaquara de la Norte-Sur, los de mayor demanda de pasajeros.
Con más de tres millones de habitantes, la Zona Este es la región más poblada de la ciudad. Embarcar para sus estaciones en el horario pico requiere serenidad en la Sé. Allí no se embarca, se es embarcado. Una caída y serás pisoteado por los otros que también quieren huir de lo cotidiano. Leandro ya presenció desmayos de personas, por no soportar el calor de tantos cuerpos. Ya he visto también un borracho ser golpeado en la cabeza por un tren. Llegó uno. Entre las 17h30 y las 19h30, vienen cada 101 segundos. La intención del metro es bajar este intervalo para 85 segundos, algo que mejoraría el flujo de personas al estadio de Itaquera, local de abertura de la Copa de 2014, y que estará junto a la estación Corinthians/Itaquera. Leandro ordenó que las personas se dirigiesen al pasillo del vagón, y que no bloqueasen el cierre de las puertas. Nadie le hizo caso.

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Fernando tocaba otra música de Mario, la que se oye cuando el plomero logra alcanzar la estrella.
Al escucharla, el cronista recordó de los tiempos de visión, cuando jugaba al game con su amigo Jorgito.
Jorgito es delgado, media estatura, blanco como la niebla. Su pelo es negro y corto. Los ojos son castaños, pequeños, pero no tan pequeños como los de un chino.
Jorgito ya ha visto de todo en la Sé: Personas sonriendo, llorando, peleando; chicos de manos dadas con chicas, chicas de mano dadas con chicas, chicos de manos dadas con chicos; un aluvión de guardias escoltando hinchas rumbo al fútbol, otro de personas que corrían a la casa para mirar un partido de Brasil en la Copa, trabajadores diversos, transexuales, un deficiente mental golpeando una señora que se resbaló, vio después a un señor deteniéndolo, y oyó a la madre que lloraba a los gritos: “No le pegue, ¡es enfermo, ¡es enfermo!”
En el horario pico, si tiene que tomar el tren sentido Corinthians/Itaquera, la estación más cercana a su casa, Jorgito embarca en la Sé esquivándose de ella. Para tener mejores condiciones de subir en el tren, vuelve a la Anhangabaú, una estación antes. Sabe que allí a cada tres trenes para un vacío. Si así mismo no logra entrar, retrocede tres estaciones más, hasta Marechal Deodoro. La Sé es así, tan saturada cuanto temible.
El temor a despecho, debe disminuir con las nuevas estaciones Luz y República de la línea amarilla del metro, inauguradas en setiembre último. La expectativa es que las estaciones den un respiro de hasta 20% a la Sé, ya que son dos puntos nuevos de conexiones (En la Luz las líneas azul y amarilla se cruzan y en la República se encuentran la amarilla y la roja).

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Fernando saltó de la música del juego para la clásica. Ahora ejecutaba la Pour Elise de van Beethoven, conocida en São Paulo como la música que anuncia la llegada del camión de gas a la calle.
El arte en la Sé todavía no se limita al piano. En el área de acceso está la “Garatuja”, escultura de Marcelo Nitsche; en el acceso norte se encuentra el mural en mosaico “Colcha de retalhos”, obra de Cláudio Tozzi; la pintura sin título de Renina Katz orna el acceso sur; ya la pintura “Como sempre esteve, amanhã em nossas mãos”, de Mário Gruber, ilustra la plataforma central de la línea leste-este, mientras la pintura “Fiesta”, de Waldemar Zaidler, decora la plataforma lateral. Y mirando los que cruzan los bloqueos, sin que nadie la mire de vuelta, está la escultura sin título, de Alfredo Ceschiatti
Para los que les gusta leer, hay una máquina de comprar libros en la plataforma del sentido Tucuruvi de la línea Norte/Sur. Mônica, joven de piel clara y cabello rubio teñido, se detuvo para mirar los títulos. Nada le interesó. Había algunos libros de Machado de Assis, salpicados entre tantos de autoayuda. Y la autoayuda es algo que definitivamente no soporta. Procuraba alguno de derecho, del curso que hace. Giró la espalda y se metió en el primer tren.

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Ya pasaba de las 19h. Por ser horario de verano, la claridad aún entraba filtrada por la claraboya central de la estación. Regina, una señora negra de gafas, traía su hijo en el regazo. El niño era claro de cabello castaño, y aparentaba tener poco más de un año. Los dos salían del departamento de objetos perdidos, donde fueran a buscar una zapatilla perdida del chico. El día anterior, su calzado izquierdo cayó en la vía, durante el caos del embarque.
Todas las pertenencias perdidas en las estaciones del metro son remitidas a la Sé, y quedan en una sala de treinta metros durante dos meses. Si nadie los reclama en este periodo, siguen para instituciones de asistencia social o en el caso de los documentos, a los órganos emisores. El dinero perdido va para un sector reservado. Aquel que lo dejó caer tiene que disfrutar de buena memoria, para describir con detalles cuanta era la plata y como estaban los billetes, si tenían o no elástico, etc.
Ya han pasado por la sala, objetos como un cuaderno en braille, un cuadro hecho por una chica en homenaje al día de los padres, una prótesis dentaria, una trompeta, libros, discos, bolsos y muletas, un escáner, una réplica de una plataforma de petróleo y hasta un fogón. Las perdidas más frecuentes son de carteras, paraguas, gafas y celulares. En 2010, según la compañía del metro, fueran encontrados 37 mil objetos, de los cuales 26% han sido recuperados. El tenis del niño no endosó esa estadística. Mismo habiendo oído de un empleado del metro que el calzado sería cogido y encaminado para el departamento, Regina no lo encontró allí. El pequeño ahora usaba unas sandalias del Senninha, personaje infantil inspirado en Ayrton Senna.

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En la tienda de cosméticos, Albanita atendía a una chica morena, de cabello lacio de indígena.
¿Qué tal esa crema de fresas?
¡Me gustó mucho!
– Sí, es muy bueno, el olor queda por el resto del día en el cuerpo. ¿Vas a llevarlo?
– Era el último día de Albanita en aquella tienda. Más que eso, era el último dia de la tienda. El alquiler de 3.200 Reais no sería renovado por el metro. Albanita no sabía por qué, ya que la tienda vendía una media de 500/600 Reais por día, suficiente, según ella, para lucrar con el espacio pequeño, de unos diez metros cuadrados.
– Albanita tiene una estatura media de mujer, piel morena del color del piano, y cabello negro (muy negro), alisado de plancha hasta el hombro. En aquella semana, oyó tiros resonando a su espalda. Se puso de frente y vio un hombre levantar un arma del piso. Cree que el arma se disparó al caer de su bolsillo. Pánico, Personas corriendo, más de lo que ya corren. Acabaron por prender a otro. Como no era él, tuvieron que soltarlo.
Como sabía que despertaría en la mañana siguiente sin servicio, la vendedora, que ganaba comisión de dos reales por venta, pensaba en volver a hacer algo que le gusta mucho: Vender productos eróticos. Ya ha hecho eso en forma autónoma desde su casa. Garantiza que vende más barato que los sex-shop, y que tiene clientes fieles. La prótesis beniana es la que más salía.
– La tienda de cosméticos se iba, pero aún quedarían en la Sé la farmacia, el quiosco de helados, la tienda de una seguradora, la de venta de pasajes aéreas y la de sandalias, donde se vende más en los dias de calor. Según Rose, vendedora morena y de sonrisa de dientes perfectos, muchos paran allí para cambiar sus calzados calientes por pantuflas frescas que dan aire a los pies.
– Ya son las ocho. Por la claraboya traspasa la última claridad del día. Los latidos de la Sé desaceleran, el movimiento de personas sencillamente disminuye.
El piano está libre, callado. Él se aproxima. Podría tocar algo si supiera. Como no sabe, da un paso atrás, arma su bastón y vuelve a la casa. Aún tiene que escribir su crónica.

EL VOCEADOR CIEGO. Por Anna Lozano

ANNA LOZANO (México). Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Licenciada en Periodismo por la universidad de La Trobe, Australia. Colabora como reportera free lance para la revista Proceso en la sección Jalisco, así como para proyectos web. Es originara de Guadalajara, Jalisco y ama el yoga y las tortas ahogadas tanto como una buena historia.

 

 

 

EL VOCEADOR CIEGO

Carecer de la vista en una ciudad con prisa no es impedimento para Luis, un voceador invidente que arriesga su vida diariamente toreando a los carros con tal de hacer su trabajo: vender el periódico.

Trabajo final por Anna Lozano

A sus diez años Luis Ochoa perdió la vista de un golpe. Literal, fue un golpe de su madrastra el que lo dejó ciego, y el momento decisivo para comenzar a vivir.
Hoy viste de gala. Sus zapatos negros están recién lustrados, como si pretendiese ir a bailar. Porta un pantalón azul marino que hace juego con su corbata garigoleada, ajustada a su camisa blanca de cuello bajo su chamarra obscura de poliéster. Su cabello de melena corta, luce perfectamente recortado.
A sus treinta y seis años, Luis no usa lentes de sol. Luce sonriente y camina con firmeza. Conoce el rumbo. Sabe que el asfalto es diferente cada cincuenta metros. Tiene medida la profundidad y circunferencia promedio de cada bache. Acierta cada vez que el semáforo se pone el rojo y sabe que estos se descomponen durante el temporal de lluvias. Entiende que en el centro de la ciudad las rampas no se respetan y que en teoría, el peatón tiene la preferencia, pero en la práctica su manera de esquivares lo que aún lo mantiene en pie.
Es un diestro voceador. Tan diestro que durante más de catorce años ha logrado asombrar a propios y extraños que lo han visto torear, a ciegas,cualquier vehículo motorizado con tal de llevar el periódico Informador a las manos del lector.
En las mañanas, su uniforme fosforescente lo destaca del resto de aquellos que venden palabras al aire en el cruce de Ávila Camacho. Su trabajo consiste en desplazarse de un lado a otro, alzando con su mano izquierda un par de rotativos mientras canta la nota del día, esa que aparece en primera plana. Su otra mano se encarga de sujetar el clásico bastón blanco tradicional para los demás invidentes, que él ha pintado de rojo.
Es el catorceavo que compra, y sabe que no será el último, pues aunque en estos tiempos modernos los hagan de acero inoxidable, nada es demasiado resistente para aquel que vive siempre a oscuras y tropieza de vez en cuando.
Este sábado, su bastón se encuentra guardado en su bolso. Su mano lo ha remplazado por una Coca-Cola que sostiene con empeño mientras aguarda sentado a que la grabadora de voz encienda. Sus pasos cortos nos han llevado hasta el área de comida rápida dentro de Plaza Patria, un pequeño centro comercial.
En el interior de la plaza, adultos y niños fruncen el ceño y cruzan miradas conforme miran a su alrededor. Y Luis, gira su cabeza pintada por unas cuantas canas, deun lado a otro como si tratase de leer el sonido. Acierta.
– No te preocupes, estoy acostumbrado a las miradas incómodas. Pero si cierras los ojos al igual que yo, entenderás que no me afecta.
El ruido externo se convierte en silencio. El sonido de las charolas, los murmullos y el rechinar de las sillas de madera quedan acallados por el instante. Luis permanece sentado, con su espalda perfectamente recta y ajustada a la silla. Parece un muñeco de madera. Sin dejar de sonreír suelta la Coca Cola, junta las manos y entrelaza los dedos, está listo para cualquier pregunta.
Y es que sabe que en los últimos cinco años se ha convertido en nota. Diversos medios sensacionalistas lo han buscado para vender su historia.Sin embargo sólo él sabe cuánto duele echar a volar la memoria lo hace revivir las heridas. Uno lo percibe en sus apagados párpados que disfraza con una sonrisa torcida.
Quizá Luis ha contado más de un centenar de veces la causa de su ceguera. Pero con el tiempo, dice, ha sabido perdonar la mano de aquella mujer; esa que jamás fue su madre, sino tan sólo su madrastra. No culpa más la indiferencia de su padre, ni la burla de sus once hermanos. Ha aprendido a vivir con la soledad, su compañera, a la que conoce bien y con la única con la que le basta.
Dobla y desdobla el popote de su refresco mientras habla del DIF, de su paso por el Hospicio Cabañas, de sus aventuras por la secundaria y la dificultad de someterse siempre a exámenes orales durante la preparatoria. Habla del azul, rojo y amarillo, colores con los que está familiarizado pero hace mucho tiempo se convirtieron tan sólo en percepciones.
-Puede sonar como que la tragedia me persigue, pero he aprendido a sacarle jugo y a darme cuenta que ésta es ahora quien me da de comer. Mi trabajo irónicamente consiste en convencer que se compren historias trágicas y entre mejor sea el chisme mejores son las ventas, por lo tanto mejor será mi comisión ¡y mis comidas!
Y ríe un poco, burlándose de su afortunada desgracia.
A las seis de la tarde, Luis recuerda el día en que los periódicos le faltaron. Narra que vendió doscientos en menos de siete horas. Fue un día después de las explosiones del 22 de abril de 1992, cuando la ciudad se paralizó luego del estallido en el barrio de Analco que dejó las calles del Sector Reforma devastadas y a víctimas mortales dispersadas.
Y es que su trabajo le apasiona. Se nota en su tono de voz que se enciende cuando explica que su primer periódico, El Sol de Guadalajara, lo vendió cuando él tenía quince años, época en la que aún existían los viejos pesos.
Confiesa que no sabe reconocer la denominación de los nuevos billetes plastificados, pero las monedas, esas las reconoce de inmediato. Para demostrarlo, saca de su apretada cartera negra tres monedas de un peso, dos y cinco. Me muestra los diferentes bordes de cada una y compara su tamaño. Si cierro los ojos me parece que no hay diferencia alguna entre una textura y otra, pero él las diferencía por el grabado.
El fío ha comenzado a acariciar. El voceador de bastón rojo lo ignora y se quita discreto su chamarra gris entre dejando ver un poco más el color de su piel tostada.No le molesta que el solse haya robado su blancura a cambio de un par de pesos. Tampoco le importa que el sonido de los claxon lo ensordezcan poco a poco. Se siente afortunado porque jamás ha estado bajo las llantas de un camión.
Y es que se podría pensar que torear carros no es parte del trabajo, pero el que no arriesga no gana, dice aquel moreno que agudiza el contorno de sus ojos cuandoríe.
-¡Hasta eso tengo suerte de que nunca me hayan atropellado! ¡Es más común que a ustedes los videntes los atropellen porque no se fijan, y eso que ven! Yo sólo puedo oler el miedo pero, ¿ni modo de no trabajar?
Trabaja todos los días de lunes a domingo, de seis de la mañana a dos y media de la tarde. Pero sus tiempos libres los dedica a sentarse sobre el borde de sucama, y escuchar películas viejas, de esas a blanco y negro. Se imagina extravagantes a Cantinflas, María Félix y Jorge negrete.No le gustan las películas del Santo ni la música de banda. Prefiere a Queen, Boney M y Pink Floyd.
Pero hay algo que le gusta mucho más que las películas del cine mexicano y la música de los 80´s. Su nombre es Fabiola, su última novia. Luis levanta las cejas y se muerde ligeramente el labio inferior pretendiendo no evidenciar una sonrisa cuando pronuncia su nombre. Dibujaun resplandor en su rostro cada que habla del olor entre jazmín y lavanda que desprendíael cabello chino de aquella mujer que se escuchaba bajita, como de un metro con cincuenta. Él quería que fuera su esposa para escuchar juntos los grillos en la noche y los pájaros por la mañana. Pero ella salió embarazada de otro hombre, se casó y él jamás la pudo volver a oler.
El ruido de las cortinas metálicas le indica que los vendedores han comenzado a cerrar sus locales.Las voces de los compradores se alejan. Y él se levanta despacio de su asiento colocando su chamarra sobre su espalda en tanto pregunta la hora. El camión que lo llevará de regreso a casa parte en veinte minutos. Luis toma al lazarillo por el hombro, camina y contempla el aroma de la obscuridad.
Son las ocho treinta y cinco. Su camión se acerca. Lo reconoce desde lejos. Es un camión de la ruta 22 veintidós, que a diferencia de muchos otros autobuses, lleva el motor en la parte trasera y además se mezcla con aquel inconfundible ruido de la destartalada llanta delantera.
Luis sube despacio y voltea sonriente. Mueve su mano izquierda de un lado a otro, y desde el segundo escalón de su transporte se despide y grita con entusiasmo un “Nos vemos”.

EL SILENCIO DE PAULA. Por Camilo Olarte Cortés

CAMILO OLARTE CORTÉS (México). Soy periodista porque elegí no aburrirme. El oficio me atrapó tarde, cuando ya tenía más 30 años, una carrera y muchas cosas más que me decían se necesitaban para ser feliz. En un acto anacrónico y tal vez irresponsable, dejé todo lo que había construido para empezar tardíamente el camino del periodismo narrativo que hoy me llena de historias y millas recorridas.

 

 

 

EL SILENCIO DE PAULA

Carlos Moreno López es el padre de Paula, una de las 700 víctimas del secuestro que se contabilizaron el año pasado en México. En agosto , ante la frustración de los pocos resultados decidió romper el silencio para exigir públicamente a las autoridades y a la delincuencia el regreso de su hija. La campaña ha movilizado una ciudad completa y ha puesto a las autoridades en jaque.

Trabajo final de Camilo Olarte Cortés

 

 

Carlos Moreno no llora. Tal vez se olvidó cómo hacerlo cuando tenía 8 años y su padre fue asesinado. No lloró hace 15, cuando un infarto se llevó a uno de sus hijos, y no se lo puede permitir ahora, cuando tiene 70 años y lidera la campaña por la búsqueda de su hija Paula, desaparecida hace 12 meses en la ciudad de Oaxaca.

-Sí, señora Soto, buenos días. ¿me quiere hablar de la desaparición de mi hija?. ¿Una casa de seguridad, dos hombres y una mujer? Ajá, sí. Ándele, le agradezco su atención y su tiempo. Veámonos en la tarde aquí en mi oficina.

Esa es la fría respuesta a una de las llamadas telefónicas que recibe todos los días. En esta ocasión se trata de una bruja que le pide 50,000 pesos mexicanos para ayudarlo; por adelantado.
-Algunas de las personas genuinamente nos quieren ayudar pero también recibimos llamadas de gente que solo nos quiere extorsionar. Dice Carlos con una voz pausada y profunda.

El abogado Carlos Moreno López es un oaxaqueño recio y fuerte; de piel templada y cuerpo nervudo que mira siempre de frente, a los ojos. Su apariencia es la de un hombre de unos 20 años menos. Todos las mañanas, de 7 a 10, desde que tiene memoria, hace ejercicio. Inclusive el día siguiente al secuestro de Paula. Es su único escape temporal, su única manera de sobrellevar esta situación. Ha practicado casi cualquier deporte extremo -fue alpinista, ciclomontañista, motociclista.- pero hoy solo corre y hace spinning. Un accidente en moto le dejó una placa de titanio en las cervicales y otro casi lo deja cojeando de por vida o al menos eso le habían dicho los médicos. Pero el parece resistirlo todo. Se desencaja, se deprime, pero resiste.

Su oficina está ubicada en el centro de la ciudad, a pocas calles de donde su hija Paula, abogada de 43 años, fue secuestrada hace 12 meses. Las paredes son una gran biblioteca llenas decódigos penales, expedientes, obras clásicas de la literatura. Un solo cuadro adorna la oficina: un retrato fotográfico en blanco y negro de su padre. En una ciudad donde nadie usa traje el se distingue por su pulcritud: camisa azul almidonada, corbata de seda, manos y uñas perfectamente cuidadas. Cada palabra, así como sus emociones, parecen estar medidas. Hasta cuando habla de las autoridades. De la ineficacia de la Procuraduría Estatal por encontrar a su hija. De la falta de recursos de la policía y lo mal pagadas que están por parte de un estado al que acusa como cómplice indirecto.

– Mi papá tiene muchos huevos. El no para. Nunca. -Dice Mariana, de 35 años. La menor de sus hijas y heredera de su fortaleza. Una diseñadora gráfica y de interiores que hoy dedica la gran mayoría de su tiempo a la campaña.

Después de varios meses de silencio, en agosto del 2011, cuando los captores abandonaron las llamadas, la familia decidió romper el silencio y mover cielo y tierra para encontrar a Paula. Hoy la ciudad se encuentra tapizada con su rostro.

-El hacer público esto implica poner en riesgo a mi hija. Yo asumo toda la responsabilidad. Yo soy el único responsable. Mis hijos no, mi familia no. Yo ya no podía seguir esperando.

Cuando habla de Paula o de Alejandro -su hijo fallecido hace 15 años de un infarto mientras jugaba fútbol- sus defensas se activan. Expira profundo, casi interminablemente para mantener su aplomo que lo hace parecer casi invulnerable. Se aclara la garganta, se acaricia una mano con la otra y dice.
– A mi me ha pasado de todo en esta vida, pero esto, es lo peor.

 

***

El viernes 4 de febrero del 2011 era un día soleado, de cielo azul pero frío como son las mañanas de invierno en Oaxaca. A las 8:30 am Mariana, terminaba de arreglar su maleta cuando vio pasar a su hermana, vestida de blanco, lista para salir. Las dos vivían con su madre hace algunos años. El día siguiente empezaba un puente, y Paula iba a viajar a la playa con su familia; Mariana iba a hacer lo mismo pero con sus amigos.

Hace años Paula decidió no casarse, y desde que murió su hermano se había convertido en el gran soporte para su madre. Mariana la describe como una mujer fuerte, con un gran sentido del humor y una franqueza a toda prueba. Hace 6 años abrió un despacho de abogacía con Arturo de León Calvo, un amigo de la familia que llevaba mucho tiempo trabajando para su padre. Su tiempo lo pasaba entre su trabajo, sus grandes amigos, pero sobretodo dedicada a su familia.

Paula se despidió esa mañana y le explicó a su madre que ese día, a diferencia de la mayoría, sí llevaría su auto a la oficina: un Audi de color rojo. Arturo acostumbraba pasar por ella pero no ese día. Paula planeaba cerrar algunos pendientes y después salir de compras para atender en el camino hacia la playa a los dos grandes amores de su vida: los hijos de su hermana Ángeles que en ese momento tenían 12 y 10 años. Nunca llegó a su despacho.

Lo que pasó después de esa hora con Paula es incierto. A las 11 de la mañana, Arturo llamó alterado porque su socia no había llegado. A pesar de que habían pasado menos de tres horas parecía seguro que alguien se la había llevado. Carlos Moreno padre, recibió la llamada con extrañeza. No había razón para alterarse tanto, pero su tranquilidad habitual se disolvió en las siguientes horas. Los integrantes de la familia que ya había emprendido el viaje regresaron inmediatamente. El carro de Paula fue encontrado en Zimatlán, en las afueras de Oaxaca, con una ventana rota pero sin signos de violencia.

Días después Arturo de León recibió una primera llamada de los captores. A esa primera, le siguieron once más hasta que cesaron, unos meses después, cuando éste les exigió violentamente que necesitaba oír la voz de Paula. Solo de esa última llamada quedó un registro grabado. Por más intentos que hizo la familia jamás logró negociar directamente con los secuestradores. Desde la fecha de su desaparición nadie ha oído la voz de Paula.

El caso que al principio manejó la Procuraduría del Estado, en manos de Manuel de Jesús López, no avanzaba y los resultados eran prácticamente nulos. En estos largos meses que para la familia fueron los peores, la procuraduría demostraba su falta de recursos además de un trato indiferente y cruel hacia la familia. En julio, cuando cesaron las llamadas, la familia decide romper el silencio a pesar de las muchas voces que les decían que lo más conveniente era esperar.

El 15 de agosto la familia Moreno ofreció una rueda de prensa en la que convocaron a una marcha para el 21 del mismo mes. Entre amigos de la familia, gente solidaria y personas con historias anónimas de desaparecidos que vieron en ese momento su oportunidad de ser escuchadas, más de 2000 personas marcharon por las calles de Oaxaca. La campaña de comunicación llamada “Ayúdanos a encontrar a Paula” ha movilizado a la ciudad como nunca se había visto antes.

Al final de la marcha, Carlos Moreno, encima de un camión, demostrando una fuerza inverosímil para su edad, propuso la organización del Consejo Ciudadano para la Prevención de la Extorsión y el Secuestro. Desde entonces el rostro de Paula y su nombre son parte de la cotidianidad de la ciudad.

– Es un compromiso que esto no les pase a los demás. El silencio es perjudicial para todos. Dice Carlos.

Los primeros resultados de la campaña se dieron inmediatamente. La procuraduría General de la República decidió atraer el caso, lo que ha representado para la familia un gran avance aunque sin ningún resultado concreto hasta ahora. En la Procuraduría del Estado tambaleó el puesto del procurador y hubo cambios importantes en los mandos de la subprocuraduría de Atención de Delitos de Alto Impacto.

 

***

 

Mariana si llora.

– A nosotros nos ha tocado muy duro. A veces dices, “puta madre, estamos muertos. Se fue el año.” Mi vida se quedó ese 4 de febrero. De repente vas caminando y te das cuenta que ya es verano. Ves como la gente vive pero tu ya no vives. ¿A que hora pasó todo el año?- Dice Mariana sin tratar de contenerse. Al igual que su familia vive condenada a la zozobra hace más de un año.

Antes de la muerte de Alejandro, el matrimonio de Carlos Moreno López y Sabina Gómez Álvarez, tenía seis hijos. Ángeles es la mayor y madre de dos niños. Le siguen Paula, Carlos Jr , Sabina –madre de una nena de tres años, y Mariana. Todos se parecen a su padre en la fortaleza inquebrantable y en su franqueza de lenguaje.
–Somos cabronas si nos toca, dice Mariana.

Y les ha tocado serlo. Todas las semanas se reúnen con algunas de las mejores amigas de Paula para repartir volantes en cualquier rincón de la ciudad. Desafiando su seguridad y con una metodología perfeccionada a través de los meses, pegan carteles en postes, muros, establecimientos y hablan con la gente. La esperanza es, algún día, toparse con alguien que sepa algo.

Se han repartido más de un millón de volantes. El rosa mexicano que Mariana escogió para la campaña ha inundado la ciudad. Todo el material ha sido de donado por amigos o gente que ni siquiera los conoce: pendones, medallones para vehículos, volantes, carteles, espectaculares, pulseras, camisetas. Se han visto carteles en ciudades como Veracruz, Puebla y el Distrito Federal. Muchas veces no se explican cómo han llegado hasta allá. En facebook casi 10,000 personas siguen la página “Encontremos a Paula”.

– Lo que de verdad me duele son los niños. Está muy cabrón que a esa edad tengan que saber que el mundo es tan jodido. Dice Mariana, y confiesa que a veces ellos son la única razón que encuentran para seguir luchando.

Varios miembros de la familia sufren de depresión clínica y algunos tienen que estar medicados. Tratan de llevar una vida normal dentro de sus profesiones pero sin dejar de trabajar un sólo día en la campaña. Katia, la única hermana de Carlos, y la segunda madre de la familia tuvo un infarto cerebral un mes después del secuestro y hoy se encuentra en silla de ruedas. Todavía se está recuperando. Trata de preguntar sobre Paula, pero no se atreve.

La abuela de Paula y madre de Carlos es una mujer lúcida de 86 años, y se ha convertido en uno de los pilares para toda la familia. Está totalmente segura que Paula va a regresar.

 

***

 

El secuestro en México ha aumentado más de un 300 % durante el gobierno de Felipe Calderón -se dice que sólo el 10 % de los casos son reportados a las autoridades-. Y sigue subiendo. El informe preparado por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad (SESNP) registró en el 2011 un aumento del 6 % respecto a las cifras registradas en el 2010. Oaxaca, un estado que hace dos décadas era completamente inmune a este tipo de crímenes, se ha visto profundamente afectado por la espiral de violencia que se vive en el país.

El 22 de enero de 2010 a las 12:30 del día, Jackelina Jiménez, maestra de primaria en el municipio de San Juan Bautista Cuicatlán fue vista por última vez. Salió de una reunión de maestros y se dirigía a un depósito para comprar un material de construcción que necesitaba para terminar el segundo piso de su vivienda. Nunca llegó. Hoy no hay ningún detenido y las pocas líneas de investigación se han diluido en los escritorios de la Procuraduría del Estado.

Edgar Jimenez, de 20 años, y el mayor de tres hijos de la desaparecida sigue luchando por ser escuchado. Tuvo que dejar sus estudios para trabajar en la plaza de profesor de su madre. La familia Moreno le ha ayudado con sus contactos y con material gráfico que Edgar diariamente reparte. Este caso, como muchos otros, ni siquiera es contabilizado como secuestro.

El 14 de marzo de este mismo año el profesor Carlos René Román Salazar desapareció. En este caso, que al parecer es un caso político, y a pesar de que los esfuerzos de la procuraduría parecen ser mucho mayores que los que se le dedican un ciudadano común y corriente, los resultados también han sido nulos.

La iniciativa ciudadana que persigue Carlos Moreno y su consejo ciudadano no es nueva en México. Isabel Miranda de Wallace, Javier Sicilia, Maria Helena Morera, Alejandro Martí son algunas de las víctimas invisibles –así se les denomina a las personas que sufren los efectos del crimen pero que no se registran ni se miden – que se han convertido en activistas. En muchos de estos casos las razones se han politizado o se han utilizado políticamente por otros. Algo que Carlos Moreno quiere evitar a toda costa

Ante la debilidad del gobierno y las instituciones y la indiferencia al dolor de las víctimas invisibles la ciudadanía ha tenido que asumir un papel que no le pertenece ni le debería pertenecer. En algunos casos como el de Isabel Miranda de Wallace ha llegado al nivel de tener que cumplir funciones policiales para investigar e ir por los delincuentes con sus propios medios para obtener algún resultado.

El gobierno de Gabino Cué, en el estado de Oaxaca, ha mostrado algunos avances en seguridad. Sin embargo la mayoría de casos siguen en la impunidad y las víctimas siguen esperando que sus casos no se queden traspapelados en la ineficiencia y la desidia burocrática; que su sufrimiento sea por fin, respetado.

 

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-En estos días que hace frío y que yo estoy en mi casa a toda madre me pregunto, “será que mi hermana tiene una cobija con que taparse. Mi hermana que es tan femenina tendrá como cortarse las uñas.” Dice Mariana.

Edgar Jiménez , ni siquiera tiene tiempo de preguntarse nada. Espera que un milagro le traiga de vuelta a su madre mientras trabaja para sacar adelante a sus dos hermanos y sigue buscando con los pocos recursos que cuenta. Mientras mendiga que alguien lo oiga o le eche una mano espera algún día poder terminar el segundo piso de su casa.

Pasa el tiempo y la imagen de Paula se diluye en los medios. Están a punto de llegar las elecciones y el rostro de Paula corre el peligro de perderse entre las imágenes de los candidatos que seguramente inundarán la ciudad. Mientras tanto, Carlos Moreno sigue armando el consejo ciudadano, presiona a las autoridades, investiga por su cuenta y prepara una segunda marcha que no sabe cuando se realizará. La familia entera sigue trabajando de sol a sol, aunque hay instantes en que las oraciones y los pensamientos se destiemplan y el verbo en pasado se cuela entre las palabras como un viento helado que lacera una piel demasiado sensible.

 

 

LA NOVIA DEL SANTO. Por Leticia Gasca Serrano

LETICIA GASCA SERRANO (México)se ha especializado en periodismo narrativo y de investigación. Sus principales temas son negocios, medio ambiente y derechos humanos, aunque también es autora de los capítulos de salud y sustentabilidad del libro “100 ideas para transformarla ciudad” y estuvo a cargo del primer Informe del Mercado del Arte en México. Radica en la Ciudad de México.

 

 

LA NOVIA DEL SANTO

Irma González, La Novia del Santo, pisó por primera vez un ring cuando las luchas entre mujeres estaban aún prohibidas. Fue campeona mundial e incluso peleó al lado de su hija, también luchadora. A sus 70 años se dedica a entrenar a las futuras promesas de la lucha libre.

Trabajo Final de Leticia Gasca Serrano

 

 

¡Mátala! ¡Dale en su madre!, le grita el público a La Novia del Santo, que está parada sobre la tercera cuerda del ring, usa un leotardo azul y una máscara plateada, tal como la de El Santo, la máxima leyenda de la lucha libre mexicana. La gladiadora enmascarada agita los brazos con las palmas hacia arriba, pidiendo al público que diga más, que grite más fuerte. De pronto salta desde la cuerda más alta y agarra de la muñeca a su contrincante, Chabela Romero, le aplica una llave que la obliga a girar y la azota con fuerza contra la lona. Se acerca a su oponente, una mujer morena y fornida que continúa tendida en el piso, brinca y cae sobre su tórax de un sentón, le sujeta con furia los brazos y le grita al árbitro – ¡Cuéntele!.

El árbitro apenas y llega a pronunciar el número dos cuando desde las gradas le grita un hombre – ¡Con huevos, Irma!

La gladiadora gira rápidamente la cabeza: la reconocieron y eso es peligroso. Ella juró a su futuro esposo que dejaría los encordados y por eso se esconde tras la máscara para luchar tan solo siete meses más, hasta que llegue el día de su boda.

La Novia del Santo pierde la concentración y su rival hace un movimiento rápido con la cadera que las obliga a intercambiar posiciones. La enmascarada está ahora boca abajo, soportando los 70 kilos de peso de su oponente y forcejea para soltarse. De pronto, La Novia del Santo se impulsa hacia arriba con la fuerza de las piernas y avienta a su oponente lejos, corre hacia ella, la agarra de la cintura, la levanta por el aire y la avienta a unos tres metros. Chabela rueda sobre la lona y justo antes de caer del ring se detiene, se incorpora y tambaleándose camina hacia su rival y le tiende la mano en señal de paz. El público continúa exclamando ¡Dale! ¡Mátala!, así que Irma sigue el consejo de sus admiradores y le aplica a la morena una última llave que la deja tendida. El réferi cuenta hasta tres.

Una década más adelante, las gladiadoras, que eran ya rivales consumadas, protagonizaron uno de los encuentros femeniles más feroces de su época. La portada de la revista El Halcón, especializada en lucha libre, lo muestra con crudeza: Irma González está sangrando profusamente de la frente y en su mano derecha sostiene una rasuradora con la que rapa a Chabela Romero, que forcejea sentada en la lona. La legendaria luchadora, a quien La Novia del Santo recuerda como “mi adorada enemiga”, apostó la cabellera y la perdió.

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Es 1984 y El Santo, ha congregado a más de 10 mil personas entre políticos, artistas, deportistas y admiradores. Rodolfo Guzmán Huerta está recostado en un féretro en Mausoleos del Ángel, uno de los principales panteones de la ciudad de México. Lleva puesta su máscara y así será enterrado.

En los pasillos se escucha que nunca habrá otro igual, que él ya sabía que iba a morir y por eso había mostrado parte de su rostro en el noticiero más importante de la televisión nacional, que era un auténtico súper héroe, que era de verdad un santo. Y es que El Enmascarado de Plata creó un mito que muchos santos reconocidos por el Vaticano quisieran tener. Fue luchador durante cuatro décadas en las cuales su personaje trascendió el ring y se transformó en un símbolo de justicia para el hombre común. Los 52 largometrajes que protagonizó lo convirtieron en una leyenda del cine de culto y dio rostro al primer personaje luchador de la historieta mexicana.

El Santo fue consejero, confidente y admirador de Irma González, pero nunca fueron pareja. El mito de La Novia del Santo fue una rebelde estrategia de la luchadora para no abandonar el ring: su futuro esposo le pidió que dejara las arenas así que ella se acercó a El Enmascarado de Plata y le pidió permiso para usar su nombre y su máscara. El nuevo personaje resultó ser un éxito en las taquillas y un triunfo más para Irma González, que como ella misma afirma, siempre ha hecho lo que ha querido.

***

A las seis de la mañana en punto se levanta la señora Irma González, tiende su cama, barre la casa, saca la basura y desayuna. A las siete y media toma un espejo hexagonal de madera y un peine de dientes anchos, cepilla su cabellera rizada color rojo caoba y se retoca el maquillaje; ella es una mujer coqueta, que a sus 75 años no pierde el estilo desafiante y elegante al vestir, tal como cuando era conocida como La Novia del Santo.

Irma sufre desde hace siete años de un intenso dolor en las rodillas, la única solución, dicen los médicos, es operarla. Pero si trabajó por 50 años en un medio donde los cuerpos perfectos son idolatrados y no se realizó cirugía estética alguna, ahora no permitirá que se le acerque un bisturí.

Por eso, para la única esteta que ha logrado cubrir cinco décadas de lucha libre, viajar de su hogar al gimnasio es toda una odisea: baja lentamente tres pisos para llegar a la calle, camina con parsimonia hasta la avenida y toma un pesero que recorre Nezahualcóyotl, un barrio popular al suroeste de la ciudad de México que está asentado en el antiguo Lago de Texcoco, donde se gestó Tenochtitlán. Después de media hora, la luchadora llega al Bull’s Gym y sube cuatro pisos a través de una escalera estrecha de paredes descarapeladas, entra a los vestidores y tras unos minutos sale ataviada de un leotardo de cuerpo completo elaborado con terciopelo negro. El atuendo la hace lucir más alta, apenas y se nota su metro y medio de estatura. Cuando Irma entra al salón se impone el silencio, ella se acerca al ring y se pinta los labios de rojo. Después dice con autoridad – Luchadores al ring. La clase está por comenzar.

Irma González, quien es conocida por desafiar desde los 13 años de edad la prohibición de los combates entre mujeres, llegó a ser Campeona Mundial de Lucha Libre, cantante, compositora, actriz, madre y maestra de las futuras promesas del mundo de los costalazos. Ahora se dedica en exclusiva a los dos últimos oficios.

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Irma González fue gladiadora primero por accidente y luego por convicción.
Cuando tenía trece años una amiga, que era luchadora, la invitó a reemplazar en una función a una compañera que había faltado. “Yo le dije que no, que esas usaban unas bolotas en las manos. Mi amiga se carcajeó y me dijo que esto era lucha libre, no box y me aseguró que yo no iba a hacer nada, solo pararme en el ring, agarrarme de la cuerda y esperar… pero se madrearon a mi amiga y luego a mí. Al final me pagaron 125 pesos, una buena lana, así que regresé a los ocho días y de ahí ya no paré”, narra la esteta.

Carlos Monsiváis, en su libro Los Rituales de Caos, describe a las luchas como “el espectáculo del exceso … una genuina comedia humana, donde los matices de la pasión (disimulo, crueldad refinada, fariseísmo, la sensación de no deber nada a nadie) hallan el signo que los aloja, los expresa y los conduce al triunfo… arenas miserables, olores que no pueden ser obra de una sola generación, sillerío que informa delos bajos ingresos de la concurrencia, fatiga de los actores e interpretes…los ídolos suelen ser sexagenarios o hasta septuagenarios”.

Ese misticismo fascinó desde temprano a Irma, que dejó el negocio familiar por otro en el cual fue reconocida como campeona del mundo. La luchadora creció junto a ocho hermanos en un circo propiedad de su padre, en el cual desde los seis años fue trapecista, contorsionista y amaestradora de perros. Gracias a esas habilidades, cuando empezó a entrenar en la arena de Tepito, el emblemático barrio bravo de la ciudad de México, pronto ganó admiradores y también fue víctima de envidias. Cuando regresaba al vestidor encontraba sus zapatos clavados al piso, su ropa desaparecida y la bolsa llena de cucarachas.

El oficio que destrozó las rodillas de Irma y le dejó de recuerdo un cicatriz de ocho centímetros en la frente, también la volvió protagonista de momentos históricos. El 25 de mayo de 1980 en el Toreo de Cuatro Caminos, a las afueras de la ciudad de México, Irma González derrotó a la estadounidense Vicky Williams para coronarse como campeona mundial de lucha libre de la Universal Wrestling Association. El 21 de septiembre de 1986, participó en la primera confrontación entre féminas que se realizó de forma legal en la capital del país. Desde los años 50 se había impuesto la prohibición de la práctica de la lucha libre femenil y la participación de damas en las funciones de las arenas de la capital del país. Por ello, la generación de estetas a la que pertenece La Novia del Santo se forjó en arenas del norte del país y zonas vecinas al Distrito Federal.

Por si fuera poco, Irma obtuvo también el campeonato internacional de lucha libre de parejas, haciendo mancuerna con su hija Irma Aguilar. Madre e hija formaron por 30 años una de las mejores duplas de la lucha libre mexicana y a pesar de haber presenciado cómo era golpeada su única hija, para Irma González recuerda esos como sus años más felices en el pancracio.

***

En el escenario está parada una joven que luce sonriente y nerviosa. Porta un atuendo de mariachi color blanco, una falda larga y recta y un sombrero grande que piensa llevar a Japón para obsequiarlo después de su próxima pelea. Junto a ella está un hombre maduro, ataviado de un traje sastre café, que acerca un micrófono antiguo a sus labios y dice:

– Ese fue el mariachi de Silvestre Vargas Junior, y con este marco musical traemos la presencia de la primera figura de esta noche. Ella es la Campeona Mundial de Lucha Libre y ahora invade el difícil terreno de la música folklórica, con ustedes, Irma González.

Ella respira profundo, sonríe nuevamente, saluda al público y empieza a cantar Si nos dejan, una canción ranchera compuesta por José Alfredo Jiménez.

Si nos dejan
Nos vamos a querer toda la vida
Si nos dejan
Nos vamos a vivir a un mundo nuevo
Yo creo podemos ver
El nuevo amanecer
De un nuevo día
Yo pienso que tu y yo
Podemos ser felices todavía

“Yo hice casi todo lo que quise, fui cirquera, luchadora, actriz, cantante y compositora”, dice con orgullo la septuagenaria maestra de lucha libre, a quien es posible observar en sus mejores momentos en películas como Las Luchadoras contra el Médico Asesino, Las Luchadoras contra las Momias y Los Hermanos del Viento. Le gusta presumir que es la autora de “El mandilón”, una canción que fue inspirada en su primer esposo, ese que le prohibió seguir luchando. Siete meses después de que nació La Novia del Santo, Irma González contrajo matrimonio. Tres meses después, su esposo huyó y dejó a La Novia del Santo embarazada, ahora era una madre soltera que necesitaba dinero para mantener a su hija, así que 15 días después del parto ya estaba de vuelta en el ring.

Hoy, Irma González tiene una hija, dos nietos, tres bisnietos y 75 años de edad.

– Oye abue, ¿deveras fuiste luchadora? – Le pregunta uno de los más jóvenes de su estirpe.
La maestra de lucha libre responde afirmativamente y le muestra unos videos que dejan al nieto atónito al observar a su abuela cargar por los aires a mujeres más altas que ella y lanzarlas con fuerza contra la lona. Así que el pequeño se anima a preguntarle:
– Abuelita, ¿de verdad fuiste la novia de El Santo?
Irma suelta una carcajada.

LA ISLA DE LOS DOMÍNGUEZ. Por Diana Romero

DIANA ROMERO (ECUADOR) Nació en Guayaquil en 1982. Egresada de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo. Ha trabajado en relaciones públicas, radio, prensa escrita y actualmente colabora con revistas y blogs con sus textos de periodismo narrativo. Disfruta descubrir personajes, conversar con desconocidos y contar historias.

 

 

 

 

LA ISLA DE LOS DOMINGUEZ

A 800 metros de Guayaquil, en medio del río, surcada por la monotonía y el fango en los días lluviosos, se encuentra una población de 240 habitantes, formada en medio de leyendas: la Isla Santay, un territorio con una misma base genealógica, que le da algunas particularidades a su historia.

Trabajo final de Diana Romero

 

 

Es cerca del mediodía y en la escuela Jaime Roldós Aguilera, ubicada en la Isla Santay los niños disfrutan de su recreo. Mientras unos gritan y corren por una amplia zona descampada, que hace las veces de patio, otros se amontonan a un costado, formando un círculo.
-“Se golpeó señorita, se golpeó”, gritan los niños, alrededor de un pequeño que solloza acostado sobre el césped y que es trasladado en brazos hasta las escaleras de la escuela de madera.

Ena Gomero, directora y profesora de la institución, acude a su rescate: el golpe no es de cuidado y los pequeños se dispersan para seguir jugando.
“A ver, hagan aquí una fila todos los Domínguez”, dice Ena, con una voz tan enérgica que hace que los niños interrumpan su recreo y obedezcan de inmediato.
Entre brincos y carcajadas se van formando en hilera: 1, 2, 3, 4… “Ahí los tiene: Domínguez-Domínguez, Cruz-Domínguez, Domínguez-Mateo, Jaime-Domínguez”, dice mientras recorre la fila de pequeños con la mirada. “¡Todos son Domínguez aquí!”, exclama con voz chillona.
La profesora Gomero trabaja en esta isla la misma cantidad de tiempo que de existencia tiene la escuela: 13 años. Según relata, de los 37 alumnos de primaria, al menos 30 tienen el “Domínguez” dentro de su nombre, en primer o segundo lugar.

Se trata de un apellido que identifica a los habitantes de Santay como tales y que está vinculado con sus raíces, sus orígenes, según narra Jacinto Domínguez, de 63 años, uno de los ancianos de la comunidad, cuyos ancestros fueron los primeros habitantes de estas tierras, hace más de 120 años.

En la historia de la ciudad, existen pocos registros acerca de la forma en la que se pobló la Isla Santay. Sin embargo, la memoria de los abuelos del lugar, cuentan los hechos importantes de generación en generación. Jacinto Domínguez es el guardián de la tradición oral de esta isla.
“Mi tatarabuelo llegó de Bajada de Chanduy. Él traía pescado salado y sal para vender acá. Venían por una o dos semanas, hasta que poco a poco se fueron quedando de largo. Acá había haciendas y trabajo. Era fácil vivir…”, relata. Su padre llegó aquí a los 12 años y nunca más se fue. Le siguieron sus tíos, que formaron sus familias y continuaron extendiendo el Domínguez por toda la Santay.
Según la historia, la gente forma poblados por muchas razones. A veces llega a un sitio por comercio o por tener un lugar donde alojarse. Los habitantes de Santay se afincaron allí pese a que las condiciones de la isla no eran las mejores.

Según las narraciones de su abuelo y su padre, Jacinto recuerda que la isla estaba conformada por varias haciendas. “Puntilla, Las Acacias, La Pradera Grande, La Pradera Chica, Florencia… Luego los dueños las hipotecaron, se quedaron sin ganado y el que quiso quedarse viviendo acá, se quedó”, agrega.

Cada dos semanas, la marea sube y lo remoja todo. Vuelve difícil movilizarse sin que el fango quiera tragarse las botas de los visitantes. Ese día, sin embargo, el suelo se encontraba seco y cuarteado. El lodo de hace algunos días parecía parte de sus leyendas, como la del duende silbador al que llaman “tin tin” y que la cuentan a cada extraño.

Claudina Domínguez -prima política de Jacinto- es una anciana de mirada amable y arrugada, de sostenida aunque tímida sonrisa y un cuerpo delgado, que esa tarde viste una camiseta roja, estrecha aún para su flacura. “El Esteban se fue a volver, pero ya mismo regresa. Pase, pase…”, dice la mujer de 71 años con voz temblorosa, casi inaudible.

Adentro, en la cocina de su nueva casa dentro de la EcoAldea -construida por el Gobierno Nacional- lava los platos que quedaron sucios luego del almuerzo. Los apila sobre una mesa plástica, lo que, junto a los cerros de ollas y pomas con agua sobre el suelo, da una sensación de desorden a la sala, que se ve amplia sin los muebles. Claudina esperaba a Esteban, su primo, pero también esposo desde hace más de 50 años, con quien procreó 11 hijos, de los que solo 8 viven todavía.

Jacinto Domínguez agrega que debido a que todos los habitantes que comparten este apellido provienen de una misma raíz genealógica, es común que primos y parientes lejanos se interrelacionen entre sí, formando nuevos núcleos familiares, extendiéndolo más aún… Una costumbre de pueblos con ancestralidad, que buscan afianzar los lazos familiares que les permita perennizar su apellido.
Pero para la directora de la escuela de la isla, existe una explicación más simple. “La mayoría de los jóvenes no salen. Casi ninguno va al colegio. No tienen dónde conocer otras personas y forman sus familias aquí mismo”, dice Ena Gomero. Álvaro Cruz Domínguez fue su alumno y es la excepción. Es el único joven de la isla que logró graduarse de bachiller. Su ejemplo lo siguen dos adolescentes más, que acuden a clases a un colegio a distancia, únicamente los sábados, de la misma forma en la que Álvaro logró terminar el colegio.

Un poco más hacia el centro de la isla, en medio del cacareo de las gallinas y del balido de los chivos, una joven mujer mece al último de sus 5 hijos. El pequeño Marco Antonio, de 2 meses, se arrulla al vaivén de una hamaca de redes. El viento a su vez, mece las endebles estructuras de la casa. Gina Domínguez, de 28 años, se unió a Félix Domínguez, su primo, hace 14. La vida para ellos transcurre en la tranquilidad del campo, entre la crianza de sus hijos y las labores de pesca de su marido. Ella, al igual que la mayoría de mujeres de la isla, inició la vida matrimonial muy joven y tiene varios hijos.
En el hogar de Gina, así como en el de Marielena Domínguez de 24 años, abundan los símbolos religiosos: crucifijos sobre las camas, relojes del Sagrado Corazón de Jesús, afiches de la Virgen María en sus diferentes advocaciones, estatuas de Santa Narcisa de Jesús y uno que otro Hermano Gregorio que reposa en algún rincón de los veladores apolillados.
Esto, sin contar que en agosto de cada año, la comunidad de la isla se prepara con comida, música y festejos para recordar a San Jacinto y Santa Mercedes, los patronos de Santay.
“Debajo de algunas casas, los pobladores hacen pequeños altares. En la noche comienzan los rezos y luego el baile, la comelona y los juegos tradicionales: el huevo con la cuchara, el palo encebado y otros. Las familias que organizan deben darle de comer a toda la comunidad, por eso lo hacen solo las que tienen bastantes animales”, cuenta la directora de la escuela.
Pese a los recurrentes símbolos católicos en los hogares de Santay, varios de ellos profesan la religión evangélica desde hace unos 5 años, como Marielena, quien se casó en una boda grupal, organizada por una misión protestante que visita la isla cada semana.
Sentada en el borde de su cama, con sus hijos Wendy, Leonardo y Flor María, Marielena saca de un cajón que se abre con dificultad las fotos de su boda, entre otras más. En unas, se ve una fiesta al aire libre en las que viste un sencillo traje blanco y en otras, luce visiblemente más joven, casi niña, sentada en las piernas de su esposo. “Esta es de cuando recién me uní a él, hace unos 10 años… ya ni me acuerdo”, dice.

A ojos de la directora Gomero, más que conflictos éticos estas uniones han traído también problemas de salud, un criterio con el que coincide el anciano Domínguez. “Hay una familia en la que existe un niño con Síndrome de Down y epilepsia. Y como profesora me doy cuenta de que a sus hermanas les cuesta captar, tienen deficiencias de aprendizaje. Creo que podría ser porque sus padres son primos hermanos”, dice.

La familia a la que se refieren es a los Achiote, otro de los apellidos comunes en Santay, donde se repite la historia: Jackeline, la secretaria de la población, vive con Carlos Achiote, hijo de su tío Lorenzo, de 78 años, el hombre más anciano de la Isla, quien padece de parálisis parcial y pasa sus días entre la hamaca y la cama, hablando un lenguaje inentendible y moviéndose con dificultad entre uno y otro lugar. Los registros de Jackeline reposan escritos con pluma azul en un viejo cuaderno de contabilidad y dicen que de las 56 familias de la Isla Santay (240 personas) aproximadamente 30 son apellido Domínguez, otras 20 son Achiote. Las demás familias se distribuyen entre los Cruz, los Parrales y los Salavarría.

Formas poco tradicionales de interrelacionarse entre ellos, mujeres que alcanzan su realización únicamente a nivel doméstico, escasa educación, complicaciones genéticas: las particularidades de esta isla salen a la luz a cuenta gotas. Santay es una isla de clanes que permanece separada de la urbe por apenas por unos metros, pero a eternidades de su desarrollo total.

Mientras tanto, Jacinto extiende su viejo libro de visitas de hojas amarillas donde cada turista deja un mensaje y su firma. El cuaderno de pasta deteriorada tiene cientos de rúbricas y dedicatorias, algunas incluso en inglés. “Firme, firme aquí”, me dice, mientras me señala un extremo con su temblorosa mano derecha.

 

 

SWINGER POR ERROR. Por Pierina Paoloni

PIERINA PAOLONI. Nació en Posadas, Argentina. Estudió Comunicación en la Universidad Nacional de La Plata, eligiendo el oficio de periodista. En México ha escrito en revistas como Fernanda, BBmundo, Deep, Balance, Marie Claire y Complot. También incursionó en el periodismo online como Editora General de Mundo52.com, del periódico El Economista.

SWINGER POR ERROR

Aunque el hotel Temptation de Los Cabos, México, se presenta como una alternativa dentro del turismo para adultos, es en realidad, durante algunas semanas, punto de encuentro obligado para el intercambio de parejas. Relato de una turista equivocada que disfrutó de ver, vivir y de contarla.

Trabajo final de Pierina Paolini

Aunque el hotel Temptation de Los Cabos, México, se presenta como una alternativa dentro del turismo para adultos, es en realidad, durante algunas semanas, punto de encuentro obligado para el intercambio de parejas. Relato de una turista equivocada que disfrutó de ver, vivir y de contarla.

Un desfile de cuerpos y sexos: hombres flacos y con pellejos colgando, gordas rubicundas y orgullosas de sus carnes, mujeres de senos operados y altivos, barrigas con signos evidentes de liposucción, otras con pechos caídos y arrugados como si hubieran amamantado a 14 críos sedientos; miembros circuncidados, la mayoría, y unos pocos “encapuchados”; depilación total superando ampliamente la elección de los montes de venus naturalmente poblados, labios carnosos y encubridores vs. clítoris saltones, testículos brillantes de color rosa-chicle, escrotos oscuros y arrugados , y alguna que otra nalga perfecta, sobresaliendo del montón de culos caídos víctimas de la gravedad y la celulitis. Un hombre tamborileándose los huevos mientras habla por celular. Otro, tomando una siesta, en posición de cubito, al que se le asoman los testículos aprisionados entre las piernas –¿No le dolerá?, me pregunto–. Una mujer recargada en el borde de la piscina, con su pareja detrás, iniciando la cada vez más evidente y rítmica danza del sexo.

Esto es lo que logro ver desde mi camastro, al borde de la alberca, mientras decido que ya va siendo hora de quitarme el bra del biquini. Es mi primer día en el hotel y esta prenda marca la delgada línea entre ser una pasiva observadora o empezar a formar parte del entorno.

El hallazgo

“Cualquier tipo de encuentro sexual está prohibido en la alberca, playas y áreas generales”, reza una de las reglas del hotel. Sin embargo, este paradisíaco resort de Los Cabos, en México, parece hecho para romper reglas.

Escogimos este hotel, seducidos por la propuesta de un all inclusive en el que no habría niños gritones alrededor. El resort forma parte de una nueva tendencia turística, que bajo la categoría de hoteles para adultos ofrecen amenidades de alto nivel, comida y bebida libre, y diversión acorde al tipo de huéspedes. Muchos de ellos incluyen también la leyenda de “ropa optativa” o “topless”. Hasta aquí la información de catálogo. Pero lo significativo, lo importante, inicia con otro tipo de datos a los que uno puede acceder una vez dentro del hotel. Ver a un mujer practicando una fellatio a su pareja en el jacuzzi público, o presenciar un concurso de shots (bebidas cortas de alto contenido alcohólico) al borde de la alberca –donde el chiste consiste en sorber el liquido que se desliza por el cuerpo del acompañante, o de otro huésped en muchos casos– son algunas de las prácticas habituales que convierten en letra muerta el conjunto de reglas que te entregan al llegar al lobby.

Bajo el nombre de “Semana Desire”, estas fechas son especiales dentro del ritmo habitual del complejo hotelero, normalmente dedicado a recibir a jóvenes solteros en busca de ligue, o parejas que quieren una escapada romántica, deseosas de motivación y suficiente libertad para disfrutarlo. En dichas semanas –cuatro a seis al año– sólo se reciben reservaciones de parejas heterosexuales. El promedio de edad, que normalmente oscila entre los 30 y 40, se eleva considerablemente para acoger a matrimonios de 60 y más que ya han subido la apuesta respecto a lo que están dispuestos a ofrecer a cambio de mantener encendido el fuego de la pasión en su pareja. Esto es, el intercambio, la práctica swinger. No es que no haya jóvenes, pero son –somos– los menos. Poco a poco caemos en la cuenta de que hemos llegado al lugar indicado, mas no en el momento correcto.

Los Cabos, paraíso turístico

Ya en los dorados años 50, Los Cabos era el secreto mejor guardado de algunas estrellas de Hollywood. Artistas de la talla de Bing Crosby, Jean Harlow y John Wayne llegaban a este paraje a bordo de aviones privados, la única manera de acceder al lugar en esos tiempos.

El destino turístico abarca los poblados de San José del Cabo y Cabo San Lucas, y el corredor de 33 km. de playas de arena blanca, mar azul e imponente desierto que los conecta. Además de su cercanía con la frontera norte, posee un clima insuperable –sol 360 días al año y una temperatura media de 24°C– atracciones como pesca deportiva, golf de clase mundial, actividades acuáticas y de aventura, hoteles de lujo y spas, que resultan irresistibles para los vecinos de Estados Unidos y Canadá. De allí proviene el 75 % del turismo de este destino – que tiene un ingreso anual de dos mil millones de dólares, que representan el 20% del total de lo que ingresa al país en el sector turístico –un 20% de Europa y el resto es mercado nacional.

Tal como sucedía en los cincuenta, su cercanía con la meca del cine –dos horas de vuelo desde Los Angeles –sigue conquistando preferencias entre los famosos, siendo la escapada favorita de celebridades como Gwyneth Paltrow –quien escogió a Los Cabos como destino para su luna de miel– George Clooney, Jennifer Aniston, o Will Smith, quienes se hospedan en lujosos hoteles como el Esperanza-An Auberge Resort, One&Only Palmilla, Las Ventanas al Paraíso -A Rosewood Resort o exclusivas villas privadas.

El Hallazgo

Lejos de la exclusividad de las estrellas de Hollywood, platico con una huésped mexicana que acabamos de conocer. “Entonces, ¿no están en la página?”, pregunta Sandra desde la cama de al lado. Son cerca de las dos de la tarde y la actividad en la alberca está en su apogeo. Hombres y mujeres con promedio de edad de 50 años, la mayoría completamente desnudos, platican animadamente en grupos en torno a la barra dispuesta para dar servicio a la piscina.

“Esa vieja se la trae con mi esposo”, dice Sandra al ver pasar a una rubia, americana y cuarentona. “Desde ayer, que se metió al playroom –un área adjunta a la disco en la que está permitido algo más que caricias– quiere con él. Pero a mi no me gustó, así que no hay trato”, nos cuenta, dejándonos entrever que los acuerdos entre la pareja son fundamentales a la hora de compartir la intimidad con otros. Entonces llega Carlos –el esposo– y se incorpora a la charla. Sandra se despide para ir al baño y como por arte de magia aparece Marnie, la rubia, americana y cuarentona. Se sienta en la orilla de nuestra sun bed y pregunta de qué estamos hablando. Carlos nos cuenta que es fotógrafo y que también se dedica a dar masajes en su propio spa. Saca un iPhone para mostrarnos su trabajo. “Me gusta la fotografía erótica, pero muy cuidada”. Las imágenes se suceden por la pequeña pantalla del aparato. Parejas abrazadas, mujeres sutilmente envueltas en telas, vestidas con redes y lencería erótica, espaldas, pechos, piernas, cuerpos tallados por la media luz. Terminamos con las fotos y Carlos regresa a la cama contigua. Se quita la playera y los shorts. “Estoy demasiado vestido para la ocasión”, explica. Su desnudez llama la atención de Marnie. “That’s pretty”, la escucho decir con un tonito que casi parece un canto. Se acerca a él y lo besa en la boca, baja su mano hasta el pene y lo acaricia hasta que reacciona. “¿Puedo tomarte una foto?” le pregunta. Él se ríe y asiente. Marnie, armada de su cámara, busca las mejores tomas de Carlos. Toma tres, cuatro fotos y la guarda. “Me gustas. Si ayer hubiera tenido un condón a la mano no te me hubieras escapado”, le advierte con una sonrisa seductora, antes de despedirse con un “See you later” que suena a amenaza.

Los swingers

La página a la que se refería Sandra es SDC (Swingers Date Club), un sitio que se denomina a si mismo como “la mayor comunidad internacional de swingers” – más de dos millones de parejas, según acusan en su web–. Y la pregunta “¿Están en la página?” parecía ser una especie de salvoconducto para saber si somos o no swingers.

Cuando te sabes equivocado, es difícil hacer demasiadas preguntas. Corres el riesgo de sonar prejuicioso y ofender a tus interlocutores. Pero con Carlos y Sandra –y después de vernos encuerados por cuatro días seguidos–hemos podido atravesar esas barreras. Son de nuestra edad y parecen empeñados en evangelizarnos respecto al dogma swinger. Les gustamos. Nos gusta gustarles, aunque por el momento somos demasiado cobardes para reconocerlo. Después de hablar largo rato acerca de cicatrices de cesáreas, de cirugías y tratamientos post-maternidad – el cuerpo es el protagonista en este lugar y la mayoría de las pláticas que entablemos con otros huéspedes girarán en torno a este tema– me animo a preguntarle a Sandra sobre su acercamiento al mundo swinger.

Ella me cuenta que empezaron con el intercambio de parejas hace tres años, y aunque fue idea de él y ella aceptó un poco renuente, hoy reconoce que le encanta. Después de buscar y buscar a través de internet, se citaron en un bar con quienes serían los responsables de darles la bienvenida al mundo swinger. Al llegar al encuentro, Sandra se dio cuenta de que la mujer en cuestión era nada menos que su ejecutiva del banco. En una ciudad pequeña, las posibilidades de toparse con conocidos son elevadas. Por ello, para conservar el anonimato, Carlos y Sandra asumen su faceta swinger como una práctica exclusiva de vacaciones. Ya han visitado este hotel un par de veces, al igual que otro de la misma cadena localizado en Cancún.

El turismo swinger es una de las atracciones que encuentran las parejas para experimentar el intercambio con garantía de anonimato, y también para encontrar ambientes especialmente diseñados para departir y compartir sin necesidad de explicaciones. Cruceros por el mediterráneo, viajes de esquí a Salzburgo, estadías en resorts 5 estrellas en Cancún o Los Cabos, México, son algunas de las opciones que se ofertan.

Según el periodista Terry Gould quien describe este fenómeno en su libro “The Lifestyle, a look at erotic rites of swingers”, es un movimiento con millones de adeptos en todo el mundo -aunque no hay estadísticas ni números certeros respecto a ellos- en el que participan parejas con estilos de vida que podrían ser considerados conservadores en otros aspectos de su vida: según sus investigaciones, una tercera parte de los swingers tienen estudios de postgrado, casi un tercio son republicanos, y un 40 por ciento son católicos, judíos y protestantes. Además, mueven una industria turística de millones de dólares en las que están incluidos una docena de hoteles en México y el Caribe.
La relación entre turismo y sexo ha sido materia de sesudos estudios sociológicos en los últimos años, en los cuales se advierte que al viajar se logra un ambiente alejado de las restricciones del hogar, que reduce las inhibiciones y provee mayores oportunidades para el sexo. El turismo puede convertirse, en este contexto, en un facilitador de experiencias que pueden ir desde la cara más siniestra del turismo sexual puro y duro – que promueve prácticas nefastas como la prostitución, explotación sexual y la pederastia– al turismo romántico y/o erótico, destinado a parejas fijas, swingers, y solteros en busca de sexo.

Noche cómplice

Cae el sol sobre el azul perfecto del mar de Cortes y las parejas empiezan a salir de la alberca para trasladarse al jacuzzi. Obedientes, seguimos a las masas atraídas como moscas por la barra abierta, la música lounge y la hora azul, cómplices en la desinhibición.

Desde un extremo del jacuzzi, sorbiendo un mojito, observo a Marie, una rubia y rubicunda gringa de poco más de 50, que se arrodilla frente a su esposo –mientras él se toma un whisky y platica con otro huésped frente a barra– y le agarra el pene para succionarlo. El hombre sonríe, le acaricia la melena, y regresa la mirada a su interlocutor. La escena me hace pensar en la imagen de una niña, cuyo padre está demasiado entretenido con el futbol, y le regala unos pocos segundos de su atención para celebrarle alguna “gracia”. Marie le da dos, tres, cuatro chupadas y lo suelta. Se voltea y encuentra a una pareja acariciándose. Pide permiso y agarra el miembro prestado. Succiona unas cuantas veces y lo suelta. Sigue con la mujer. Le agarra los senos, enormes como cabezas de infantes, y se zambulle en ellos. El hombre -con dientes de conejo y candoroso tatuaje de Bugs Bunny haciendo juego en la espalda- aprovecha para agarrarle las nalgas y frotarlas en su entrepierna. Un tercer integrante se forma en la fila. Marie, lo atiende gustosa. Una vez más, tres, cuatro, hasta cinco veces succiona antes de pasar al siguiente. Ahora se trata de su marido, a quien ya consiguió atraer a la fiesta. El susodicho, un hombrón de casi dos metros, cabeza al rape, tatuajes en los brazos y aspecto de marine, se incorpora a la tertulia requiriendo sus servicios. Las dos parejas intercambian caricias, platican, se tocan, siguen platicado. Segundos después la reunión se disuelve con la misma espontaneidad con la que empezó. Cada quien, trago en mano, da su opinión acerca de la fiesta temática que se llevará a cabo en la noche.

Desde mi rincón, reconozco que ha habido escenas a lo largo de este viaje que han conseguido elevar la temperatura en nuestro cuarto –es como asistir a un show porno de 24 horas en el que es imposible no sentirte motivado–, pero esta dinámica de degustación de miembros –así, una probadita de cada una nada más– me dejan desconcertada.

Después de una cena de magret de pato y sake caliente en el lujoso restaurant oriental del hotel, regresamos a la habitación para disfrazarnos para la fiesta. “Sexy lingerie” es el código de etiqueta para esa noche. Me obligo a enfundarme en un baby doll negro, medias de red y tacones pin up, mientras apruebo el divertido disfraz de mi marido: unos boxers que simulan ser un esmoquin, con todo y moño. Salimos al ruedo y nos encontramos con que la fiesta ya ha comenzado. Sobre la pista, montada para la ocasión, hay una camilla de masajes y sobre ésta un huésped, joven y atractivo, que se ha ofrecido para formar parte del espectáculo. Bajo las órdenes del animador, se deja untar con salsa de chocolate y crema batida. Una señora de 70 años, con lentes de abuelita y embutida en lencería de encaje negro, salta solícita entre el público para degustar “el postre”. Pide el bote de crema batida y la riega generosamente en los genitales, antes de limpiar el área con la lengua. El público ruge entre carcajadas nerviosas, aplausos y chiflidos de aprobación. Después asistimos a un show de “pole dance” en el que participa una pareja de jóvenes y expertos bailarines exóticos Terminado el espectáculo, la gente se traslada a la tercera parada de la noche: la disco.

Entre mesas tipo lounge, sobresale la pista de cristal blanco iluminado. La música de reggaetón pone ambiente para los bailes sexys y desenfrenados de los asistentes. Es hora de mostrar piel y habilidades. Aunque la verdadera acción parece estar en el cuarto anexo, el play-room, del que ya nos han hablado. Se trata de un estrecho salón casi completamente a oscuras, con dos hileras interminables de camas de piel a cada lado del recinto, adornadas con negras cortinas translucidas. Le pedí a mi marido que me acompañara porque no quería dejar de conocerlo, pero tras pocos segundos de haber entrado, después de acostumbrar los ojos a la escasa luz y comprobar que no sucede nada que no ocurra afuera, nos gana la cobardía y salimos del lugar. Afuera algunas parejas todavía se esfuerzan en sobresalir de entre el montón, arriesgando pasos y poses cada vez más sensuales sobre el cristal blanco. Muchos parten rumbo al jacuzzi, donde se prolonga el convivio hasta la madrugada.

Estamos en el último tramo de la noche, en nuestra última noche en el paraíso swinger. Me quito el baby doll, las medias, todo, y entro en el jacuzzi. Mi marido hace lo propio. Se acerca a hablarnos una de las pocas parejas de mexicanos que se hospedan en el hotel. Son de Guadalajara, tienen 50 años y 25 de casados. Confiesan que le entraron al swinger para buscar nuevas motivaciones después de tantos años juntos. En el rostro de ella leo resignación. En el de él, la valentía de encararnos. “Vámonos allá arriba –dice señalando las camas redondas que se encuentran rodeando el jacuzzi y donde se ve a varias parejas en plena acción–. No hace falta que nos toquemos, nomás nos miramos”, propone él como último recurso. Mala suerte para nuestro amigo tapatío: “Neel, gordo –oigo responder a mi marido– estás loco”. Después de unos minutos de charla incómoda, desisten y se van. Ya quedan pocas parejas dentro del agua, y las que habitaban las camas comienzan a irse. Nos vamos quedando solos, arrullados por la música, el agua caliente y las burbujas. Nos miramos, cómplices, y damos paso a la única y pequeña fantasía que estamos dispuestos a ofrendarnos, hacer el amor en un sitio público, con algunas, pocas, miradas atentas sobre nosotros. Dejamos atrás el jacuzzi y en el camino al cuarto nos detenemos a observar la cereza del pastel: sobre una de las sun beds que rodean la alberca vemos una maraña humana de cuerpos y extremidades de irreconocible procedencia, que se entretiene brindándose los últimos escarceos de la noche. Satisfechos y divertidos, nos reímos al reconocer nuestra actitud naif ante semejante espectáculo y seguimos camino al cuarto. Mañana volveremos a casa, a la rutina, a los niños gritones, sabiendo que, por el momento, nos sobra inocencia y nos faltan urgencias para ser seducidos por el mundo swinger.

LA TÍA DE LOS NIÑOS DE COLO COLO. Por Pablo Douzet

PABLO DOUZET (CHILE), titulado en la Universidad Diego Portales, es periodista del suplemento dominical “Reportajes” del diario “Las Últimas Noticias” de Chile. Allí redacta crónicas, temas y entrevistas de política, deportes, espectáculos, tecnología y tendencias. También escribe para el suplemento femenino “M” del mismo diario. Es coautor del libro “Huérfanos y perdidos: el cine chileno de la transición” junto a los periodistas Ascanio Cavallo y Cecilia Rodríguez.

 

 

EL TÍA DE LOS NIÑOS DE COLO COLO

Durante 15 años, Adriana Hidalgo encabezó una dinastía de dueñas de casa que entregó mucho más que una cama y un plato de comida a los niños que soñaban con llegar algún día al primer equipo de Colo Colo, el club chileno de fútbol con más copas en su museo. Varios no lo lograron y, para ella, eso es un dolor de madre que no se olvida.

Trabajo final de Pablo Douzet

 

 

“Tía, ya están llorando de nuevo estos maricones”, grita con burla el aspirante a futbolista Luis González. En sus piezas, Matías Fernández y Francisco Silva tienen 12 años, están durmiendo en una casa ajena y chillan como magdalenas. Sueñan con ser héroes del fútbol algún día, pero ahora sólo quieren a sus mamás. Esta noche y todas las noches de su adolescencia, lo más parecido a eso será la tía Adriana Hidalgo, la dueña de la pensión que les arrienda Colo Colo para que vivan. Todo este 1998 ella los ha escuchado llorar muchas veces desde su pieza y siempre se le parte el alma. El drama es igual: empieza “Matigol” y lo sigue el “Gato”, quien 10 años más tarde será un choro de cabeza rapada que no dejará pasar a nadie sin rasparlo por el mediocampo de Universidad Católica.

La historia de todas estas estrellas y los que nunca llegaron a serlas es inevitablemente también la de la tía Adriana. La mujer ya tiene 64 años, una voz baja, amable, y mira con nostalgia a través de sus ojos verdes llenos de transparencia. Lleva puesto un delantal de dueña de casa sobre su cuerpo de señora corpulenta, se mueve con la tranquilidad que le da su actual pasar y mira siempre fijo para contar todos sus recuerdos. Sigue viviendo en la misma casa que habita desde 1977 en la Villa Santa Elena, un paño habitacional típico de clase media santiaguina ubicado en la populosa comuna de Macul, en pleno barrio colocolino de Pedrero. Su particularidad: está cercada desde el oriente por el Estadio Monumental de Colo Colo, en breve, el club chileno con más títulos nacionales (29) e internacionales (tres), que ya suma 86 años de vida. La Copa Libertadores es su eterno orgullo: nadie más en Chile la tiene; recién el año pasado Universidad de Chile, su más feroz rival en popularidad, dueño de 15 títulos nacionales, se quedó con la Copa Sudamericana y desató toda una polémica sobre la equivalencia del logro. Por el norte, la villa limita con el Campus San Joaquín de la Universidad Católica. A la tía Adriana le gusta el fútbol. Su papá era colocolino y juntos escuchaban los partidos por la radio. Él le explicaba qué eran el tiro libre, el penal y la para muchas mujeres incomprensible regla del offside.
Pero la señora Adriana no es de Colo Colo: a ella le gusta la Católica.
En el refrigerador tiene pegada la insignia del club que ama y los niños, sus niños, cuando le ganen a la UC, van a entrar haciéndole burla.

-Ahí quedó su Católica, tía.

Cuando llegó a la villa junto a su esposo, Leonelo Jiménez, y sus dos hijos, Leonelo y Cristian, en ese entonces, de 6 y 7 años, respectivamente, la señora Adriana era dueña de casa y su marido trabajaba como empleado en el Banco Central. Al retirarse, él puso un negocio de pollos asados, pero no le fue bien. Por suerte, había invertido algo de su dinero en construir tres piezas en la parte de atrás de la casa para arrendárselas a los universitarios, que está a un par de cuadras. Pero la cosa no resultó en la residencia de la calle Max Jara II: la ampliación la terminaron cuando ya habían empezado las clases, así que todos los alumnos tenían alojamiento. La tía Adriana, con sus dos hijos en la universidad, sabía que había que hacer algo.

-Oye, Adrianita, ¿por qué no vas al Colo Colo? -le dijo su vecina María Cortés, que ya tenía niños del club viviendo con ella.
-Es que una de repente a los hijos les dice “anda a servirte un té” y tienen que ir, nomás. Con los niños ajenos es diferente –planteó sus dudas.

Su amiga María no esperó más y partió a hablar con Elba Santibáñez, la asistente social del club, quien pronto visitó a la tía Adriana. Le gustó que sólo tuviese hijos hombres: no habría tentaciones femeninas. Esa visita fue a principios de marzo de 1989, cuando Chile estaba en plena campaña presidencial, volviendo a la democracia después de 17 años de la dictadura de Augusto Pinochet y con ganas de renacer por todos lados. 60 días después le enviaron a los primeros dos: Manuel Villalobos y Víctor Tuninetti, ambos de 13 años. “Villagol”, quien jugó en la Universidad de Chile y hoy está en Huachipato, fue el gran primer dolor de cabeza de la señora Adriana: su capacidad de molestar no tenía límite.

CAMAS, COMIDA Y GUARDIA PRETORIANA
Frank Lobos, que no es más que un enano del mediocampo, pero con un guante en el pie, entra como un rayo y le quita la botella de las manos al grueso Francisco Águila, el anfitrión. Éste, un simple escolar, no ha pensado en invitarlo a su fiesta. El “Chico” Lobos agarra la Coca Cola, que en realidad tiene pisco Capel de 30 grados con bebida, se zampa un trago largo y se la pasa a Manuel Neira. “Manolete” mira a todos con su clásica cara de prepotencia y repite la gracia. En un año más, los dos serán ídolos de la sub 17 de Chile que se coronará tercera en el recordado Mundial de Japón, pero en esta época, 1992, son sólo dos jóvenes promesas que viven en las pensiones de las familias Salazar y Soto, respectivamente, en la Santa Elena. De a poco se están haciendo conocidos entrenando con el primer equipo, pero en la villa ya se creen figuras.

La de la tía Adriana fue una de las seis pensiones colocolinas en los 90 y 2000. Hasta ese momento, el club apostó por señoras de mediana edad que quisieran abrir sus casas a los niños que venían de regiones o de comunas alejadas y que podían ser estrellas. Al poco tiempo, la de Adriana Hidalgo se empezó a destacar como una de las mejores y le mandaron más peloteros. En su mejor momento, a los cuatro años de establecerse, llegó a tener a diez viviendo en su casa. También había algunos que sólo iban a almorzar: Cristóbal Jorquera (hoy en Génova), Fabián Orellana (Celta de Vigo), Braulio Leal (Unión Española) y Felipe Muñoz (Cobreloa) disfrutaban allí comida casera, como pastel de choclo y cazuelas felices de la vida. Luego también se transformó en un lugar de concentración los sábados por la noche. El tema entonces era uno solo: frenar los escándalos.

-El que quiera ponerse tontito, que asuma. Si no, avisamos en el estadio al tiro, nomás –les advertía.
-No, tía, cómo se le ocurre –le respondía Luis González, el burlón venido de Rancagua, a quien apodaban “Tunga”, como a Aníbal, un antiguo goleador de sus mismas tierras.

Después de comer a las 8 de la tarde, los niños tenían que estar en sus piezas a las 9. Otra cosa era que apagaran el televisor. Ella tenía que mirar desde la ventana de su dormitorio y levantarse si era necesario. Al otro día, los más grandes entrenaban a las 9 de la mañana e iban al colegio en la tarde. Los más chicos, al revés. Las tres piezas con muros de ladrillos y dos camarotes cada una estaban pintadas y ordenadas con cariño y esmero. Los niños vivían cómodos. Pegaban en las paredes sus pósters de Jesús, su ídolo, el puntero Patricio Yáñez, modelos ucranianas de relojes de lujo y fotos de ellos mismos en la escuela de fútbol con el eclecticismo del arte del Carracci. A medida que se volvían conocidos, juntaban peluches, dibujos y cartas autografiadas en sus camas de una plaza.
El negocio en sus inicios era así: Colo Colo le pagaba a la tía Adriana 140.000 pesos mensuales por niño (casi 300 dólares). Cuando terminó su relación, en 2008, el precio había subido a 210 mil pesos (algo más de 400 dólares) por jugador al mes. Ella tenía cinco o seis niños en promedio. Claro que nunca hubo un contrato entre Adriana Hidalgo y Colo Colo. Se trataba de algo conversado con la asistente social, pero para ella esto era más fuerte que las tablas de la Ley: tenía que vigilar que fueran al colegio, que hicieran las tareas y hasta contestarles el teléfono cuando las pololitas los acosaban. Otra de sus grandes batallas era que sus niños no se fueran a jugar a la pelota a la multicancha de la villa con los vecinos.
Si alguno se lesionaba, ahí sí que todo se iba al diablo.
Generalmente no tenía problemas, pero había una fecha en que no podía controlarlos: durante la Fiesta de la Primavera de la villa. Allí sus instintos de pichangueros de barrio eran más fuertes.

-Oye, venís todo traspirado –le largó la tía Adriana a Miguel Aceval.
-No, tía, si me vine corriendo –trató de avivarse el defensor apodado “Cabeza de Tele”, el mismo que con su penal le iba a dar años después su estrella 24 a Colo Colo en una definición inolvidable contra la Universidad de Chile, su más terrible rival.
-Van a tener problemas en el club si saben que están jugando –amenazó la mujer.

 

MATIGOL, EL HIJO PRÓDIGO ENFERMO POR LAS VIENESAS

Matías Fernández, la última eterna promesa del fútbol chileno, cumplió los 12 años en la casa de la tía Adriana en 1998. En sus noches de llanto, ella lo consolaba y le decía que se fuera a La Calera, su pueblo natal, y que volviera más grande. La señora Adriana fue muy maternal con él. Era un niño que necesitaba que le dieran cariño. Ella es clara: a Matías lo considera como su tercer hijo. Esto estaba escrito: uno de los últimos dueños de la magia alba había nacido el 15 de mayo, el mismo día que su hijo sanguíneo Cristian.
Pese a que “Matigol” es alguien que públicamente eligió no ser, con la tía Adriana fue diferente: le contaba sus cosas más íntimas, hasta sus pololeos. Llegaba del entrenamiento, le daba un beso e incluso le pasaba la lengua por la cara. Leonelo, el hijo mayor de la tía Adriana, fue como su hermano. Los fines de semana que podía, Matías viajaba a La Calera a ver a su mamá, que tenía un bazar. Su mochila volvía llena de chocolates y calugas. La tía Adriana pillaba los envoltorios en el papelero de la pieza. De todas formas, no era mañoso, aunque tenía sus fijaciones. Le gustaba mucho el pollo con puré.
Pero había algo que lo volvía loco: las vienesas.

Matías entra apurado a la fiambrería y pide un paquete de salchichas San Jorge. Se va a la casa, con la fatiga pateándole el estómago después del entrenamiento. Abre la reja con la energía de un gladiador, resucitado ante la inminencia de su goce.

-Tía, prepáremelo. Prepáremelo entero -le dice a la señora Adriana.
-Cómo te van a gustar tanto estas cuestiones -le contesta ella, mientras prende el gas de la cocina.

A los diez minutos, se las está comiendo una por una, sin pan, a lo más con un tenedor.

Matías debutó con el primer equipo a los 17 años. Pronto empezaron a ir muchas chiquillas a tirarle fotos a la puerta de la pensión, aunque él no les daba más minutos que a los periodistas: cero. Cuando comenzó a recibir un sueldo su objetivo fue ayudar a su mamá. Para él sólo se compró un televisor y un equipo de música. El resto de su vida era ir de paseo al mall, primero al Plaza Vespucio y luego al Florida Center, dos estandartes del consumismo de la pujante clase media de esta época. Le gustaba jugar bowling. También iba al cine, pero más que todo, a echar la siesta. Su pieza era un eterno desorden: el signo de Tauro, el 15 de mayo que se le repetía a la tía Adriana.
Viviendo donde su madre sustituta Matías alcanzó a ser un jugador conocido por casi dos años, hasta que cumplió 19 y su representante lo reubicó en un departamento cercano al estadio. Pero en la pensión de la tía Adriana era feliz: gozaba en la mesa de ping pong que había en el patio, con campeonatos que sólo fueron opacados cuando Andrés Meneses y Boris Ortega llevaron sus PlayStation y las instalaron en las piezas.
Pero todo este mundo casi mágico se vino abajo el 28 de enero de 2002, cuando Colo Colo quebró por permanentes malos manejos económicos durante los 90. La única ayuda monetaria para los jugadores fue la de Hugo Villanueva, un dirigente de la época, quien puso plata de su bolsillo para que los jóvenes pudieran comer. Pero no era suficiente. En ese tiempo, la tía Adriana muchas veces tuvo que darles los 4 mil pesos semanales que antes les pasaba el club para la locomoción. Comían tallarines casi todos los días, al almuerzo y a la comida.
Y cuando los niños se enfermaban había que llevarlos a la Posta con los recursos de la única mamá que tenían al lado en ese momento.

 

¿A QUÉ PLANETA TE FUISTE, “TUNGA”?
La concesionaria Blanco y Negro S.A. (ByN) tomó el control de Colo Colo en junio de 2005. Se trata de una sociedad anónima abierta que desde agosto de 2010 tiene como principal accionista individual, con una participación de un 24,5%, a Hernán Levy, consuegro del Presidente de la República, Sebastián Piñera, quien anteriormente también fue propietario del club. El arribo de Levy abrió una pequeña tregua en una polémica feroz: él le compró sus títulos a Gabriel Ruiz-Tagle, ex presidente albo, que se fue como Subsecretario de Deportes de Piñera, pero que en un principio se negó a vender sus acciones. Piñera, por su parte, recién se alejó de la propiedad del club unos meses antes de la renuncia de Marcelo Bielsa a la banca de la selección chilena. En febrero de 2011, el técnico no quiso seguir luego de que el entonces presidente de la ANFP, Harold Mayne-Nicholls, perdiera la elección tras una campaña liderada por Colo Colo y Universidad de Chile. Justa o injustamente, la ciudadanía -que llegó a idolatrar a Bielsa-, igual le pasó la cuenta a Piñera y sus ex colaboradores colocolinos en los sondeos de opinión: su aprobación bajó del 63% al 50%. El impacto positivo del rescate de los 33 mineros en el yacimiento San José del desierto de Atacama se fue al suelo en cosa de meses.
En uno de sus proyectos más publicitados, ByN inauguró en 2008 la Casa Alba. Esto fue el fin para las pensiones de la Villa Santa Elena. Con 1.156 metros cuadrados, 16 habitaciones, salas de entretención, estudios, lectura, computación y conferencias, Colo Colo soñaba con estar creando aquí su pequeña La Masía o un Milanello criollo, donde sólo habría espacio para los 64 mejores cadetes. Entonces Adriana Hidalgo, Ximena Delgado y Juana Cruz, las tres últimas sobrevivientes de la dinastía de las tías de las pensiones, fueron citadas a una reunión con ByN. La tía Adriana, que llevaba 15 años trabajando con la institución, ya olía lo que venía, pero nunca lo imaginó así.
Ese día les dijeron que ya no seguirían contando con sus servicios y les regalaron un oso con el uniforme de Colo Colo. Eso fue todo.
Hoy la realidad es ésta: diez jugadores de la Casa Alba están integrados en una lista amplia (32 jugadores) del primer equipo entregada al comienzo del torneo nacional. En ella, sólo los defensas Bruno Romo y Manuel Bravo pelean la titularidad, seguidos en menor medida por el mediocampista Rafael Caroca.
Además, ByN también ofrece el lugar en arriendo como centro de eventos.

Cuando “Matigol” le pega con todo lo que le queda de alma y ve la pelota devolviéndose desde la red, se apura en pedirla. La recoge y la esconde bajo la camiseta. La noche de ese 10 de septiembre de 2008 celebra apuntando a la tribuna y regalando un beso: su mujer, Alejandra Santibáñez, la viñamarina que dejó los estudios para irse con él a España, está embarazada. Después de un paso infernal de dos años en el Villarreal, ya nadie piensa que Matías Fernández es el mismo jugador que fue elegido el mejor de América en 2006, pero esa noche, cuando le hace el 4 a 0 a Colombia en el partido más perfecto de Chile en las clasificatorias al Mundial de Sudáfrica 2010, parece tener una nueva vida.

Aunque siempre fue cariñoso con los niños, la tía Adriana no se lo imaginaba siendo papá tan joven, a los 22 años. Cuando lo ve jugar en la tele, todavía dice lo mismo.

-Ay, mi niñito.

Ellos no hablan desde poco después de que Antonia Paz nació, el 24 de octubre de 2008. Allí Matías le prometió una visita para que conociera a su hija y a su señora. Todavía no la hace.
Pero no es ése el recuerdo que más le da pena a esta mujer, que ahora está plenamente dedicada a su casa. Lo que a veces la deja pensando más de la cuenta es el rumbo de los que nunca llegaron a debutar en el equipo de honor o, peor aun, quienes, como Nelson Pavez o el mismo Víctor Tuninetti, dejaron el fútbol antes de que éste los pateara a ellos. Se acuerda que hace cuatro años, Matías fue a jugar un partido amistoso a Rancagua y luego pasó a verla. Había estado con Luis González, el “Tunga”, el mismo rajadiablos que se reía de los que lloriqueaban.
Pero ahora el “Tunga” era otro.

Matías Fernández trata de escabullirse entre las cientos de manos que quieren atraparlo en el estadio El Teniente de Rancagua. En medio de esa tole-tole, alcanza a divisar una cara familiar. Es Luis “Tunga” González. Como puede, le pide a un guardia de seguridad que deje pasar a su ex compañero hasta la zona de camarines. Lo abraza y le grita al utilero que le pase una camiseta de Chile con su número, el 14, y se la regala. Luis está feliz. Le cuenta que ya dejó el fútbol hace rato, que se ha movido entre una cosa y otra, y que hasta estuvo en la cárcel. No le dice por qué y Matías, siempre tímido, tampoco le pregunta. Se abrazan de nuevo y se despiden con los ojos medio llorosos. Sí, los dos.

La señora Adriana se acuerda muy bien del “Tunga”, porque era la gran ilusión de su familia. Todos lo ensalzaron mucho, y él, apenas un niño, se creyó el cuento y se perdió. La mujer recuerda las visitas de la mamá y sus abuelos a verlo. Para ellos, que su niñito fuera futbolista lo era todo. Por eso, cuando Matías le contó el presente del “Tunga”, a ella le dio una pena negra. Esa misma tristeza la refleja ahora, con el solitario y evocador ruido del viento moviendo una campana de metal en su patio vacío. Hoy la tía Adriana sólo espera a Cristian, su hijo menor. Él vendrá tarde, después del trabajo. Será el único de sus niños que llegará a dormir esta noche a la casa, la misma que años atrás estuvo llena de almas que abandonaron sus hogares para buscar un destino de gloria. Uno que no siempre encontraron.